Tupiza, un primer contacto con Bolivia

Estoy en Tupiza, Bolivia. Hace frío, aunque a nada que te muevas, con tanta capa y tanta mochila, pasas calor y se te queda el sudor condensado adentro.

Estoy en la estación de tren, esperando para el ferrocarril que me lleve a Uyuni. Por lo visto he llegado con muchísima antelación, así que aprovecho para escribir. Me molesta la espalda. Hace un par de días que he empezado a odiar fuertemente mi mochila: “el Moco”. No solo no tiene apenas bolsillos que hagan más fácil la colocación de la multitud de cosas que llevo, sino que al ser “Ultralight”, apenas tiene almohadillas que hagan más fácil llevar el peso. Entre que no tengo apenas caderas y el Moco no tiene almohadillas, el peso se me carga en los hombros. Todo sería más fácil si tuviera una buena mochila, si el peso se distribuyera en las caderas. De veras sería más feliz.

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Pero dejemos de quejarnos, es mi segundo día en Bolivia, con dolor de espalda o sin él. Ya se ven las cholitas, con sus largas trenzas, sus faldas plisadas, sus medias de colores y sus aguayos a la espalda. Yo hace ya más de una semana que viajo también con mis largas trenzas, he comprobado que estoy más cómoda así. El pelo no se me enreda tanto ni me molesta. Además así me siento un poco más integrada (digo un poco, porque mi piel blanca y mi aspecto de mochilera me delata a quilómetros de distancia). Hoy he aprovechado para comprar algo de ropa más para el frío: un jersey de lana y cuello alto, unos guantes para mis manos heladas y unos calentadores de alpaca.

Tupiza

Frente a mí, las vías, los trenes viejos y, solo unos metros más atrás, una pared de roca roja natural. Este es el mayor atractivo de Tupiza, su enclave entre cerros rojos. Algo más lejos se pueden encontrar cañones y largos paseos para perderse, se vaya como se vaya. Yo ya he tenido ración suficiente de cerros de colores al norte de Argentina, así que es momento de viajar hacia Uyuni. No pensaba llegar tan rápido al salar, pero las cosas no siempre se dan como uno las planea. Tratando de alcanzar a Judit y Gerard (un poco de compañía siempre se agradece), me salté la ciudad de Salta. Salta la linda le dicen. Es una de esas espinitas que me va quedando. Un lugar en el mapa por donde pasé como el viento, sin parar a repostar. Quería haber conocido a Toty, otro viajero-bloggero que viaja con su combi. Al final las prisas por alcanzar a Judit y Gerard hicieron que me pasara de largo esa bonita oportunidad, pero al final uno cambia unas cosas por otras.

IMG_0332Ahora estoy aquí, en Bolivia. Hasta el aire se respira diferente. Yo me siento diferente. Ultimamente el camino me ha puesto a prueba. Primero el dedo. Se me quedó en una puerta que cerré con fuerza haciendo dedo. Y yo, como tonta, tardé en reaccionar. Me quedé mirando el dedo, mitad fuera mitad dentro de la puerta. Me quedé mirando y pensando cómo era posible que el dedo estuviera ahí, que no se hubiese partido en dos. Creo que tardé en abrir como treinta segundos. Abrí, saqué el dedo. Abrí la puerta del copiloto y me subí. El dedo estaba morado, sangrando e hinchado. No me quejé, no dije nada. Quilómetros más adelante le pedí al señor que me llevaba que me hiciera el favor de parar en una estación de servicio para poder conseguir un poco de hielo. Y así me fui, con el hielo hasta Jujuy. Ahí ya el hielo se había convertido en agua tibia y a mí aún me quedaban bastantes quilómetros para llegar a Humahuaca. Traté de no hacerle caso y seguí camino. A día de hoy aún sigue hinchado y algo morado, pero lo que en un principio me asustó demasiado, ha ido yendo a menos.

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Luego fue la conjuntivitis, aún sigue siendo la conjuntivitis. Creo que me empezó a salir el mismo día del accidentado dedo a cuenta de todo el polvo que me echaban los camiones a la cara al pasar a mi lado. Me empezó a picar y lo estropeé aún más en la noche, frotándome con las manos sucias. A la mañana siguiente amanecí con el ojo pegado por las legañas. Ya llevo casi 5 días así. He probado con manzanilla, he tratado también de dejarlo en paz, no tocarlo no frotarlo. Aún así, sigo levantándome por las mañanas con el ojo totalmente pegado y, lo peor, creo que se me está pasando poco a poco al otro ojo, así que imagínense el panorama.

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Por si no fuera poco, vinieron las ronchas. Creo que yendo a conocer “las Señoritas”, unos cerros rojos a las espaldas de Uquia, un pueblito pequeño a solo 15km al sur de Humahuaca, Argentina, me quemé un poco la cara. Llevaba ya dos meses sin hidratarla, pues viajar con crema hidratante decidí que era un peso del que podía prescindir. La decisión me pasó factura. A la noche me duche y le pedí a Judit un poco de crema. Me dio antiestrías. Me la eché y la cara me empezó a arder, a arder demasiado. Un rato más tarde fui al baño y al mirarme al espejo no pude sino decir !oh no!. Mi cara estaba roja y se había llenado de ronchas. Hace un par de días se me empezó a pelar y ayer finalmente, decidí comprarme una buena crema que me pueda ayudar. Mi piel de mierda me salió cara. Una buena crema en Bolivia te cuesta 35€, casi lo mismo que gasto en toda una semana de viaje… Pero sigo y aguanto. A pesar del dedo hinchado, de la conjuntivitis, de las ronchas y la crema carísima, del dolor de espalda, estoy en Bolivia y estoy feliz. No se cuándo acabe este viaje, desearía que no acabase nunca (lo mismo que deseo una buena mochila, acolchadita, que mime mi espaldita).

Ahora voy rumbo al salar, después de haber pasado por todo el norte de Argentina. Después tocará Oruro, Sucre, Cochabamba, la Paz, el lago Tiquitaca, quizás un poco de Amazonas, Perú, Ecuador y veremos donde sigo luego.

Si alguien me quiere regalar una buena mochila que me ayude a seguir el viaje con la espalda sana, es bienvenida. Hasta la próxima conexión a Internet amigos.

✶ Edito:

Terminada la entrada me levanto, aún queda largo rato para que venga el tren, así que voy en busca de algo para la cena. Cuál es mi sorpresa cuando me encuentro este curioso desfile infantil. Gracias universo por ser tan buena onda conmigo!

desfile-Tupiza

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✶ Por cierto, ya he hecho las paces con mi mochila, aunque sigo aceptando más. La conjuntivitis ya se está yendo, aunque el dedo sigue hinchado.

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Desde hace más de 5 años vivo viajando y ayudando a mujeres como tú y como yo a ser más libres, fuertes e independientes.

4 comentarios en «Tupiza, un primer contacto con Bolivia»

  1. Hola!
    Qué osada que sos al salir con una mochila con esas características!
    Si me permitís el consejo, aunque no creo que vuelvas por allí, en Villazón, en el Mercado Campesino podés comprar una buena mochi a bajo precio. Un poco más caras las encontré en La Paz, pero estoy seguro que si buscás y preguntás darás con alguna buena y no muy cara!
    Te dejo un abrazo y el deseo de buenos rumbos!!!

    Responder
    • Gracias Juan Manuel!!
      La verdad que la mochila, «el moco» como acostumbré a llamarla me dio muchos dolores de espalda. Aún así fue fiel compañera de aventuras. Ahora ya he cambiado de mochila, pero he de decir que me es siempre complicado encontrar una que me ajuste bien ya que soy muy pequeña de estatura y todas terminan quedándome grandes y cargando el peso como no es debido. ¡Defectos de ser demasiado pequeñita!
      Un abrazo y gracias por estas palabras. ¡Buenas rutas!

      Responder

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