Este viaje por Vietnam está siendo amor puro y duro desde el primer momento. Desde que llegué a Da Nang y cogí el moto Grab que me llevó a Hoi An. La vida en la calle, el caos, las sonrisas, los niños, la gente.
Por eso hoy vuelvo con uno de mis posts favoritos, uno de mis escritos de bolsillo en el que te cuento algunas de mis primeras sensaciones de este viaje por Vietnam. Concretamente, sobre el día que condujimos desde Khe Sahn hasta el único hotel que había en mitad de la ruta rodeado de montañas en nuestro camino a Phong Nha. Un día en que los niños que nos encontramos en la ruta fueron los protagonistas.
¡Qué lo disfrutes! Y ya sabes que te espero en los comentarios y que estoy contando el viaje por Vietnam a tiempo real en mis redes.

De Khe Sahn a las montañas: un viaje por Vietnam:
Nos levantamos tarde, sin prisa, a pesar de que el despertador ha sonado hace ya veinte minutos, quizás media hora. Aún tengo que recoger mis cosas que, como de costumbre, en solo un día están regadas a lo largo de la habitación.
Primero me doy una ducha, me tomo mi tiempo para vestirme, para apagar el ordenador que lleva encendido toda la noche pasando los cientos de fotos de estos días a ICloud. Recojo los neceseres, la ropa que lavé ayer y que está tendida en el perchero junto al ventilador. Está casi toda seca, solo la capucha de la sudadera y los puños siguen húmedos.
Me tomo mi tiempo, no sé cuánto tardo, pero mucho. No me gusta tomarme las mañanas con prisa. Bajo a por algo de desayunar y decido desayunar en este mismo hotel, para no perder tiempo buscando otro lugar más, para no tener que caminar. Además me cae bien esta señora loca a la cual no entiendo pero que me habla sin parar y con la que siempre termino riéndome.
Cojo la carta y veo que hay opción de desayunar un par de huevos y entonces trato de explicarle con gestos que lo que yo quiero es una «omelet», así que hago el gesto con las manos de revolver los huevos con un tenedor. No me entiende, así que le hago la sesión de gestos completa. Cojo un huevo invisible entre mis manos y lo casco contra un bol también invisible para dejar caer su contenido en él. Cojo un segundo huevo invisible y vuelvo a repetir la operación. Luego los revuelvo con un tenedor invisible y hecho esa mezcla inexistente a la sartén que no hay en la mesa en la que estoy sentada y luego la agito y le doy vuelta.
Parece que ahora me entiende, así que intento explicarle en una segunda cadena de gestos que quiero cebolla en la tortilla, así que vuelvo a gestualizar. Esta vez cojo una cebolla invisible y con mi cuchillo imaginario la troceo para echarla a la mezcla anterior y repetir la operación. Ella se ríe y hace los mismos gestos para demostrarme que me entiende mientras su nieta se ríe también y repite «onion» y «omelet».
Un buen rato después o más bien un largo rato después el desayuno llega. Mi tortilla francesa con cebolla y un café vietnamita solo, así que desayunamos antes de volver a la habitación a echar un último vistazo para comprobar que nada se queda por ahí olvidado.
Recojo todo y con las manos llenas y la espalda cargada bajo abajo para empezar a fijar la mochila a la moto. No sé cómo llamarlo, pero fijo mi mochila a la «vaca» de «La Chalada» –mi nueva moto– con un par de cintas. Luego me pongo la sudadera, las protecciones y una vez lista al estilo robocop, me pongo los guantes y el casco y salgo afuera donde Loup termina de poner sus cosas.
Salimos por fin a la ruta, dos horas y media después de que sonara el despertador. Y sí, ambos somos un desastre con los horarios, pero me gusta viajar así, sin prisas, disfrutando de los pequeños momentos, de las cadenas de gestos.
La carretera es bonita y pequeña, un camino de cemento entre un verde intenso. Está mojada, la carretera, así que conducimos despacio aunque no hay mucho tráfico y kilómetro a kilómetro avanzamos. Yo voy detrás, es Loup quien lleva el mapa aunque en realidad no hay mucha pérdida, solo esta pequeña carretera.
No sé cuánto tiempo llevamos conduciendo, quizás una hora, pero empieza a llover, empieza a llover muy fuerte y yo me empiezo a frustrar porque la visera del casco se llena de gotas y mi ropa se empapa, las carretera está muy mojada y por tanto más peligrosa. Entonces vemos un par de casas y paramos, paramos a esperar que la lluvia pare, porque en solo en 5 minutos estoy pingando y quizás si me escurro salga de mi ropa un litro de agua.
Pero la frustración rápidamente pasa. Nos resguardamos en el tejadillo de esta casa donde una señora mayor nos observa y un montón de niños juegan. Dejamos las cosas en el suelo, a resguardo. Loup se pone a buscar un chubasquero extra que tiene para prestarme ya que no tengo nada con lo que taparme y sin darnos cuenta ya estamos dentro de la casa, riendo mientras los niños ríen y nos observan. Y Loup ya está haciendo sus habituales payasadas mientras los niños ríen como locos a su alrededor.

Hay vacas, una fuente. Las vacas pasan y caminan a sus anchas. Una mujer se ducha brevemente en la fuente. Los niños hacen del colchón una cama elástica y saltan como locos mientras poco a poco va dejando de llover y nos atrevemos a salir afuera nuevamente, a dar unos pasos, a sentir como el sol vuelve a pegar y lo miramos con la esperanza de que salga fuerte, de que sea capaz de secar esta ropa mojada que la lluvia se ha empeñado en calar.
Los niños salen también y todo se convierte en un patio de juegos mientras yo vuelvo a sacar la cámara y Loup ríe con ellos. Va siendo hora de seguir camino, de aprovechar este alto de lluvia y aunque ambos lo sabemos, ambos nos queremos quedar. Son estos momentos en los que desearía tener una carpa, una tienda de campaña para dormir aquí al lado, en cualquier trozo verde y poder así quedarnos jugando con los niños y comunicándonos con gestos y sonrisas con sus madres toda la tarde.
Pero seguimos, seguimos hacia delante ahora que la lluvia da una tregua y el sol se anima a sacar la cabeza. Seguimos por esta carretera estrecha, casi sin tráfico, llena ahora de charcos. Los zapatos mojados y la ropa empapada que poco a poco se va secando.
No sé cuánto tiempo pasa ni dónde estamos, pero Loup me hace gesto de parar y luego gesto de comer. Son muchos los gestos en estos últimos días, muchos los idiomas, muchas las risas producidas de la incapacidad de comunicación. La sonrisa, el gesto universal. Esa que nos ayuda siempre en todas las situaciones, cuando tratamos de regatear el precio de una habitación, cuando me meto a las cocinas para señalar qué es lo que queremos, cuando necesitamos preguntar por una dirección o cuando simplemente queremos romper esa barrera que el idioma nos ha impuesto.
Así que paramos, paramos en algún punto en la ruta entre Khe Sahn y Phong Nha. Yo me quedo junto a la moto, fumando un cigarro mientras Lu camina y se acerca a una de las casas. Los niños se me acercan y cuando termino de fumar, saco la cámara. Me hablan en vietnamita aunque no sé qué dicen, pero juego a repetirles. El juego les gusta, porque siguen diciendo palabras en alto que sigo repitiendo junto a otras que digo en español para que las repitan ellos. Algunos posan para la cámara una y otra vez, otros se esconden, otros se acercan para que les saque y yo les canto canciones y digo palabras como «supercalifragilístico» que les hacen reír hasta casi ahogarse.
Loup regresa y dice que una sopa de noodles me está esperando, así que acercamos las motos a una de las casas. Es una pequeña edificación de madera y techo de tejavana que parece ser la tienda que abastece a este pueblo o quizás sería mejor decir a estas tres o cuatro casas. En la mesa, una sopa de noodles instantánea que, aunque no es la mejor, nos quita el hambre.
Terminamos de comer mientras al otro lado de la carretera un grupo de niños nos observa y nos saluda con esas pequeñas manitas mientras repiten «hello». Yo salgo de este pequeño tejadillo y me quedo frente a ellos, sin cruzar, repitiendo «hello» y «xin chao» y saludándoles con la mano sin atreverme a cruzar la carretera. La timidez nos asalta a ambos lados pero también la curiosidad, así que por un rato seguimos saludándonos con las manos y repitiendo «hello».

Poco a poco van hablando más y hasta se acercan, yo repito lo que dicen y mi malísima pronunciación les hace gracia, así que siguen diciendo palabras en alto que continuo repitiendo mientras el coro de risas va creciendo. Loup aprovecha que yo juego para tirarse a echar la siesta en una cama de madera sin colchón que hay plantada debajo de este tejadillo y yo sigo repitiendo sin entender una sola letra de lo que digo.
Entonces empiezan a decir palabras y esta vez señalan cosas, así que ahora sé que lo que digo es perro y luego buey y luego cabeza y así poco a poco van enseñándome todas las partes del cuerpo aunque cuando digo una no puedo evitar olvidar instantáneamente la anterior.
El juego se repite por un largo rato aunque va variando. Ahora hago la pose del forzudo imitando a uno de los niños. Luego les bailo al estilo robocop, bailo también con movimientos de los 70s y hasta cojo aire para bajar hasta abajo como si me estuviera sumergiendo.

Poco a poco la barrera se rompe y los niños se acercan, así que cruzo y yo también me acerco a ellos. No sé cuánto tiempo llevamos jugando pero debe ser un largo rato porque Loup se ha despertado y se acerca ahora cámara en mano. Los niños posan ante la lente y en uno de los momentos, Loup me dice que me acerque así que poso con ellos mientras reímos y hacemos diferentes gestos.
En medio de la pose llegan dos niños más cargados con hojas de palmera. Uno de ellos se suma a la foto mientras el otro, más mayor, aunque también tiene curiosidad decide quedarse aparte, actuando como si no fuera un niño nunca más, como si a su edad, ya no le tocara jugar.

Yo juego con ellos un rato más y Loup se va en busca de no sé qué en medio del barrizal, así que decido volver a dentro y saco el diario, en el que escribo esto:
Algún punto en la ruta entre Khe Sahn y Phong Nha. 11/07/2018
A mi derecha, una chica que seguramente no llega a los 30 abanica con un sombrero de flores a su bebé, que descansa en sus brazos después de darle el pecho. Las sillas son tocones de madera, las paredes de madera o verja. La multitud de niños ya se ha ido. Una señora se sienta donde estaba la anterior. Los pies descalzos y morenos, pantalón y camiseta estampada y el pelo recogido en un moño gracias a una pinza morada. Es delgada.
Junto a la tienda pasa otra niña en su moto. Es difícil calcular las edades aquí, quizás tenga dieciséis. Otra chica embarazada, cigarro en mano llevando un vestido rosa que más parece un camisón. Un pequeño gatito negro maulla, las motos descansan en la vereda quizás hace ya unas dos horas, quizás más.
Hace calor pero el día está nublado, no entiendo nada de lo que dicen pero los niños han estado haciéndome repetir casi todas las partes del cuerpo mientras las decían en vietnamita, las señalaban y reían. El gatito negro juega con la escoba, la mujer me observa escribir y fumar curiosa. Somos como un parque de atracciones en mitad de un día laborable, sin prever, como un payaso que aparece tras la esquina o al abrir la puerta y los niños siguen yendo y viniendo, quedándose junto a la puerta unos segundos a observar antes de irse de nuevo. Los veo observar las motos ahora igual que observan cada uno de nuestros movimientos.

Es curioso el hecho de no poder hablar con ellos, esa imposibilidad del lenguaje que te obliga a comunicarte con signos y hacer payasadas de seguido para romper la barrera, para romper el hielo. Y la mujer se vuelve a sentar a mi derecha, me observa. Luego observa su tripa y veo su sujetador negro, la piel que se arruga con el gesto.
Dentro, un ventilador, una cama de madera, un frigorífico donde guardan las 5 bebidas que venden y un televisor que pasa una película de peleas llena de efectos especiales. La voz de una señora que le habla a la otra. Loup está dentro, se mueve en estas situaciones como en su propia casa y cuando no consigue hacerse entender, saca el Google Traductor y todo solucionado.
Alrededor, espesa vegetación de un verde intenso, de ese verde que surge de la combinación entre la repentina lluvia y el pesado sol. Sacan un plato de piña, para hidratar después del calor. Le ofrecen un trozo a Loup primero y luego me lo ofrecen a mí, así que ahora como esta piña jugosa y escribo al mismo tiempo.

A veces me encantaría poder hablar con ellas, especialmente con ellas, como aquella vez en San Cristobal donde las señoras estuvieron preguntándome cosas en mitad de la madrugada. Dónde vivía, a qué me dedicaba, a qué se dedicaban mis padres, qué cosas comíamos en mi país y si había tortillas o no. Me gustaría preguntarles cuántos hijos tienen, cómo se llaman, si siempre han vivido aquí.
La niña de la moto regresa con ella cargada de palos gruesos. Aquí las motos son como los burros en Turanzas. Las llevan cargadas hasta las trancas, rebosando por alante, por atrás, a izquierda y a derecha. La descargan entre la niña y la chica embarazada. Aquí la vida consiste en proveer para el día siguiente y en hacer crecer la familia.
No he visto aquí ningún hombre, tampoco en el poblado anterior. Están en el monte, cortando los palos que la niña trae, hojas de palmera, recogiendo lo necesario para proveer a sus mujeres y a su familia, trabajando en estas horas de calor antes de que caiga la noche y lleguen a sus casas o al bar más próximo a beber una cerveza con sus compadres antes de volver a casa donde seguramente tendrán la cena hecha.
Un nuevo grupo de niñas aparece. No sé de dónde salen, pero hay muchos más niños que casas alrededor. Creo que va siendo hora de seguir el camino hasta que nos encontremos con la siguiente situación.
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Podría seguir escribiendo horas porque este viaje por Vietnam me está dejando experiencias mágicas, pero espero ir contándolas poco a poco. De mientras, las voy narrando a tiempo real en las stories de mi Instagram (@lapiznomada) y en el resto de mis redes sociales.
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Ahora te espero en los comentarios para que me compartas unas palabritas. Estaré encantada de leerte, como siempre :)
Un abrazo desde el norte de Vietnam,




4 comentarios en «Mis primeras sensaciones de Vietnam»
Me encanta saber de tí.
Qué bien nos transladas a tu mundo¡Mucha suerte¡ Y siguenos contando cosinas.
Pues que decirte Andrea, que como siempre, me haces trasladarme hasta el lugar donde viajas.
Creo que también hubiera sentido esa pequeña impotencia de no poder preguntar ni mantener una conversación fluida más allá de los gestos. Al fin y al cabo, las historias y compartir es lo que nos llevamos de los viajes.
Aunque en esta historia, seguro que te llevaste infinidad de sonrisas y carcajadas. :)
Un abrazote, te leo pronto.
Describes las emociones personales, el paisaje y el clima, que es como si uno mismo estuviera en ese lugar, saludos y que esten bien
Gracias por tan hermosas palabras Edgar,
me alegro de que te hagan viajar mis escritos, esa es la intención, trasladar con las palabras al menos un pedacito de lo vivido.
¡Un abrazo y hasta la próxima crónica!