Escritos de bolsillo desde Estambul

Hace mucho, mucho tiempo que no me permitía escribir uno de mis escritos de bolsillo. Un texto sin SEO, sin pretensiones, sin la necesidad de contarte qué ver o qué hacer. Un texto sincero, honesto y natural, en el que dejarme fluir y contarte cuáles han sido mis impresiones de Estambul. Así que aquí va. Espero que lo disfrutes.

Horas, solo horas. Unos puñados de horas en esta ciudad que, hace un mes, me vio llegar. Agradecida, agradecida por lo que me ha dado, por lo que me ha aportado. Ha sido la elegida cuando ha llegado el momento de volver a viajar, ha sido una apuesta, como quien se da la mano confiando en que el otro cumpla el pacto.

No sé qué hay que cumplir, quizás sea lo que está por venir. La vuelta, el viaje, la aventura. Las ganas de volver a recorrerla acompañada, de transmitir el entusiasmo por los tesoros encontrados, de volver a verla y a observarla desde los ojos nuevos de quien la ve por primera vez.

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Estambul, Constantinopla, Bizancio. Constantinopla suena un poco a nombre de mujer. Podría serlo. Estambul es como un género neutro, también podría serlo. En realidad esta ciudad tiene cien, mil caras. Es como adentrarse en un cuarto lleno de espejos y verte desde una infinidad de lados.

Me gusta esa mezcla de aromas, esa mezcla de tiempos. Pasear entre el pasado y el presente al mismo tiempo, disfrutando de cada momento. Ver a los señores sentados en la vereda, en cualquier rincón de la calle, ajenos al tráfico, a la gente o al viento. Sentados en un par de taburetes improvisados, jugando a las damas, fumando, bebiendo té.

te estambul

Los gatos, siempre en todos lados. Gatos de pelo suave bien alimentados. Blancos, grises, negros, rayados. Gatos que se acercan sin miedo, que ronronean cuando les regalas un par de caricias en las orejas o en el cuello.

La luz, la luz cuando atardece bañándolo todo de naranjas, pintando de dorado el Cuerno de Oro, de reflejos el Bósforo. Una ciudad que se puede navegar, el canto de gaviotas, las azoteas, las terrazas desde las que desayunar. Pepino y tomate como si fuese la bandera nacional.

El caos de las callejuelas, la vida en sus puestos, estas ganas de llorar al escuchar la música de sus instrumentos. Estas notas que a veces suenan a lamento. Como si fuesen el eco de historias que se niegan a caer en el olvido, historias de otros tiempos. Una ciudad cargada de historia mirando al frente. Una ciudad entre Asia y Europa, respirando el mismo aire y compartiendo el mismo viento.

Una ciudad entre dos continentes, qué oportunidad o qué peso. Qué de aquí y qué de allá. Ser de todos y ser de nada. Ser identidad propia en la diferencia, en la unicidad. En las historias que tiene para contar. Es como si pudiese trasladarme, como si desde mi ignorancia pudiese viajar en el tiempo y trasladarme a algunas de las memorias que guarda.

Los frescos en la cúpula de Santa Sofía, las baldosas en el suelo, las casas abandonadas, destartaladas. Los grandes edificios y las grandes avenidas. Las tiendas de moda. La calle Istiklal, el barrio de Kadikoy, los pequeños bares de colores, la gente joven.

El aire hipster de sus barrios más bohemios, un rubio de uñas rosas, mujeres tapadas con velo. Ojos que hablan y ojos que callan. Turcos que te preguntan cien veces al día cuál es tu nacionalidad y que antes de responder aciertan, hablándote en tu lengua materna.

Unas cervezas en el parque de Moda, igual que si estuviese en cualquier parque de Berlín, con ese ambiente juvenil. El Bósforo de fondo, dándole ese carácter propio. La música tradicional mezclándose con bases de house, de pop o de rap.

Parque de moda

El skyline de la ciudad, los minaretes dibujándolo, compitiendo en altura con los rascacielos más altos. Los puentes, uno tras otro. Los barcos y en ellos, los turcos bailando. Este país que baila alegre con las manos en alto. Mover los pies, seguir girando.

Tardas de conversación, cervezas, muchos kilómetros andados. Me voy, pero ya he aprendido a reconocer sus principales barrios, a caminarlos sin necesidad de mapa, siguiendo solo la orientación, río arriba o río abajo. El sabor del te y el humo dulce de la shisha. El humo del tabaco por todos lados.

Los restaurantes más turísticos y los más locales. Los kebaps, el manti, las delicias turcas y el baklava. La multitud de especias, todas en orden, en un abanico de aromas y de colores. Las calles laberínticas, la ostentación de lo brillante y la crudeza de la gente más pobre.

La inmigración en las calles, los refugiados sirios, levantando la mano, buscando en el contenedor la promesa de un mundo mejor. Todas las etnias y las distintas nacionalidades que conviven en un país que se ha orgullecido de ser tolerante. La discriminación y el racismo que va creciendo ante los refugiados sin techo, comida ni dinero.

impresiones de Estambul

Aprender a ver, aprender a mirar y a escuchar. Tratar de escarbar un poco más allá de lo superficial. Sentarse en la vereda, a ver la vida pasar. Observar los gestos y los movimientos. El funcionamiento del mercado, del restaurante, del gato y del basurero. Un sistema de reciclaje manual, grandes bolsas de tela blanca, carritos de dos ruedas y las manos que buscan, que separan. Cartón por un lado, plástico por otro, el vidrio pesa y paga más. El merecido descanso, todos en círculo, sentados.

Las calles que serpentean, las calles más altas. Una terraza que aparece de pronto en el barrio más inesperado, como si fuera un coqueto taller lleno de cuadros. Tomar un barco y otro más. Ir desde Ominonu hasta Uskudar. Cruzar de Kabatas a Fener, de Balat o de Besiktas a Kararoy. Viajar entre Europa y Asia en cuestión de minutos, por unos centavos.

Sentir el olor a sal, cerrar los ojos, escuchar el graznido de las gaviotas, sentirte en el mar en mitad de la ciudad. Obviar el ruido del tráfico, del tranvía, de los vendedores, de las masas de turístas, de las alfombras y de las tiendas de souvenirs.

Una bandeja que oscila entre la gente cargada de vasos de cristal llenos de chai. El olor a castañas y a mazorcas de maíz. El disfrute de escribir. De volver a recorrerte, de pasear por tus calles deteniéndome. De viajar sin prisa, de volver a ser, de volver a sentir en otros escenarios, en esta ciudad que me devuelve tantos y distintos reflejos.

Como si pudiese desembarcar en cualquiera de mis orillas, partir, zarpar y desembarcar al deseo del marinero y el capitán. Al deseo de los más profundos anhelos, de las ganas de respirar.

impresiones de Estambul

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Espero que hayas disfrutado de este escrito de bolsillo con algunas de mis impresiones de Estambul. Ya sabes, si necesitas una mano con la organización o el itinerario de tu viaje a Turquía puedes echarle un ojo a mi Asesoría de viajes.

Como siempre nos vemos en Instagram y Facebook donde voy compartiendo mi viaje a tiempo real.

Un abrazo,

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Desde hace más de 5 años vivo viajando y ayudando a mujeres como tú y como yo a ser más libres, fuertes e independientes.

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