Historias de la Habana | Escritos de bolsillo desde Cuba

Hoy, de nuevo, vuelvo con los escritos de bolsillo. Esta vez mis primeras impresiones de Cuba, historias de la Habana, de esta ciudad que en sólo un día ya me tiene enamorada y qué mejor que dedicarle uno de mis escritos de bolsillo para contártelo todo.

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Me despiertan las voces por la mañana, el barullo de la vida que despierta en esta ciudad a primera vista caótica. Dicen que México es el país del surrealismo, Cuba está directamente a otro nivel.

Doy unas vueltas aún en la cama, en este estado entre el sueño y la vigilia, entre las sábanas en las que me desperezo antes de abrir un ojo, luego el otro. Mis compañeras de habitación recogen a la luz de una lamparita para no despertarme y susurran, pero las voces de abajo, incluso de la calle, ya me han despertado.

Me vuelvo a desperezar y bajo al baño aún dormida, con los párpados hinchados de las horas sin sueño de ayer, del calor, del sudor que tengo pegado al cuerpo, a la piel.

Bajo al baño y en el salón me encuentro con que hay casa llena. Está Teresa, la anfitriona, la mamá. Está la abuela, la vecina, el hijo, la otra vecina, un par de señoras más y hablan, hablan con esa rapidez y ese cantado del acento cubano.

Yo bajo, saludo, me disculpo por la cara de dormida, la falta de reflejos y de velocidad. Doy los buenos días y me excuso por la escasez de palabras mientras entro al baño y salgo después, ya con la cara lavada, algo más fresca, ya despertada. Saludo y me saludan, me siento. Agua de guayaba para desayunar, huevos revueltos, café, café del bueno.

No llevo ni un día en esta ciudad y ya me encanta. Me quedan 9 días aquí y antes de que pasen ya los siento cortos, insuficientes para abarcar todo lo que hay que abarcar aquí, todo lo que hay que entender y comprender. Han sido muchas las charlas sobre Cuba antes siquiera de llegar, muchas las opiniones, la gente que ha estado, que da su opinión, que me cuenta sus experiencias. Han sido muchas las charlas sobre política, las opiniones argumentadas, debatidas y compartidas. Eran muchas las ganas de llegar, de ver, de conocer, de hacerme una opinión por mí misma. Y aquí estoy, mi primera mañana en la Habana, mi primer despertar en tierra cubana, mi primer café mañanero, denso, sabroso, espeso.

Llegué ayer, ayer en la tarde. Llegué al aeropuerto y nada más aterrizar el avión sentí el calor. Nos tuvieron un rato esperando antes de dejarnos finalmente bajar. Una vez abajo el caos de las maletas, de las líneas, las pantallas, la gente esperando por una maleta que tarda en salir, que no llega. Pero finalmente lo hacen y por la cinta aparece mi mochila azul. La recojo, salgo, me enciendo un cigarro. Nadie me llama la atención y entonces reparo en que casi todos fuman a mi alrededor. Pienso en terminar el cigarro antes de acercarme al puesto de cambio, pero veo que incluso ahí, los trabajadores fuman sin importar o no si están en un espacio público, privado, abierto o cerrado. Así que me acerco cigarro en mano y cambio a pesos cubanos mis pesos mexicanos.

El aeropuerto está lleno de taxis amarillos, me preguntan si necesito uno, niego con la cabeza y también con la voz. Entonces camino nada más salir por la puerta hacia la derecha, siguiendo la acera. Encuentro el restaurante del que me habían hablado y pregunto por los bicitaxis, los cuales nadie parece conocer.

Entro al restaurante, pregunto de nuevo al camarero. Me dice que sí, que paran detrás del restaurante, así que con la mochila a la espalda voy hasta allí. Una carretera de dos carriles, sol, mucho sol. Sólo una sombra ofrecida por un árbol.

Me planto ahí, bajo ella, dejo mis mochilas en el suelo. No parece haber ninguna bicitaxi alrededor así que espero unos minutos. No pasa ni una sola por la carretera, me pregunto si realmente pasarán o no o si quizás hace mucho que algún turista incauto como yo trata de tomar esta opción y ya han dejado de venir, han dejado de pasar y han abandonado este punto clandestino de parada porque todos los turistas se van en los taxis de 25, 30 dólares sin plantearse nada más.

Espero un poco más pero ni siquiera aparece una bicitaxi en el paisaje, ni siquiera una yendo en dirección contraria. Así que saco el teléfono y miro Maps.me a ver en qué carretera estoy parada, a ver si estoy en el sentido que va hacia Boyeros, hacia la Habana. Según el Maps.me lo estoy, así que pienso que no pierdo nada por intentar hacerlo como lo hago siempre, levantando el dedo. Así que pruebo.

8 coches más tarde aparece uno que me mira con cara de extrañeza, como queriendo decir, qué hace esa extranjera ahí. Pero para y yo abro la puerta y le pregunto si va hasta Boyeros y si me puede acercar. Dice que sí y rápidamente cojo mi mochila para introducirme con rapidez en el asiento del copiloto.

El hombre que me acaba de parar resulta ser el entrenador nacional de Taewando. Tengo suerte y no va sólo hasta Boyeros, sino que va hasta la Habana. En el trayecto me va explicando qué es lo que veo alrededor: los pueblitos que vamos pasando, la ciudad deportiva, los ministerios al llegar a la Habana, la estatua que descansa en la plaza de la Revolución, en donde hace sólo unos meses celebraron y homenajearon a Don Fidel.

Me va explicando todo con amabilidad y sin demasiadas palabras mientras vamos entrando a la Habana. Finalmente me deja junto al parque de la Fraternidad. No me pide nada, no me cobra nada, sólo me desea buen viaje, me previene de los cubanos “malos” o más bien de aquellos que por necesidad, no siempre te enseñan su mejor cara.

Yo me despido agradecida mientras recojo mis cosas. No había mejor forma de llegar. De poner a prueba este nuevo país, la confianza. Y de nuevo funciona, levantar el dedo, ponerte al costado de la carretera, sonreír y confiar, sólo que aquí en vez de dedo o autostop, lo llaman hacer botella.

Así que llego al centro de la Habana haciendo botella y pienso para mí que no había una forma mejor de llegar, de empezar a conocer, a convivir, a comprender. Llego a la Habana después de ver y también de nombrar lo que hemos visto en el camino. Llego habiendo conocido al entrenador nacional, que en julio se va a Corea con el equipo a competir por algún título que no logré memorizar.

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Y ahí me deja, en el puro centro de la Habana, en el comienzo de la Habana vieja. Entonces saco mi libreta, miro algunas de las direcciones que gracias a recomendaciones y a grupos de mochileras tengo apuntadas. Descubro que a muchas les falta información así que camino hacia el que me parece que está más cerca y del cual sé un poco más.

Primero pregunto, pero parece que en esta ciudad a pocos les importa el nombre de las calles, como si sólo fuera una placa de adorno puesta en la esquina con la única finalidad de dar nombre o de orientar a los turistas. Pregunto a un policía, a dos, a dos señores que están sentados frente a una puerta, pero nadie parece saber.

Me decido a sacar Maps.me para buscar la dirección y Maps.me me dice que está solo a unas tres, cuatro, cinco cuadras de aquí, así que empiezo a seguir lo que me indica la pantalla. Atravieso una calle en la que los turistas se mezclan con los cubanos. Todo me maravilla, me fascina.

Hace calor, la mochila se me pega a la espalda, siento la camiseta húmeda, el sudor en las axilas, en la frente, en la cara que ha de verse brillante por el sudor. Cruzo una plaza, no puedo dejar de mirarlo todo, verlo todo. Llego a otra calle, otra más. El asfalto está levantado, hay un par de puestos o más bien de mesas con algunas verduras arriba destinadas a venderse. Pienso que está zona tiene peor pinta, que está medio derruida. Que aquí ya no se ven turistas. Veo una casa con el símbolo azul de alojamiento, pero miro el número y no coincide: 253, yo busco el 263 que debería de estar cerca, pero en cambio no veo ningún otro cartel azul cerca.

En las aceras un par de señoras, un niño. Junto al puesto de fruta, unos jóvenes, unos señores. Me ven y me preguntan qué busco, si necesito alojamiento. Contesto que sí, que busco el 263, a Teresa. Una de ellas se levanta entonces, da unos pasos hacia el medio de la calle, mira para arriba y con fuerza y buen voz grita: ¡Teresiiiitaaaaaaaaaaa!! ¡Teresitaaaaaaaaaaa! Te buscan aquí abajooooo!”

Y entonces, como por arte de magia, una cabeza se asoma desde la azotea y aparece Teresa, que también a viva voz pregunta qué pasa. Yo levanto la voz también, grito que soy Andrea, como si eso bastase, como si ya fuese suficientemente significativo. Y es que mi imagen con la mochila a la espalda lo es.

Teresa grita desde arriba que ya baja, yo le grito gracias, pero no alzo suficiente la voz así que el sonido no llega claro hasta la azotea y Teresa grita de nuevo un qué mientras yo vuelvo a gritar que gracias, que muchas gracias.

Me quedo abajo, esperando. Me siento observada, pero no incómoda. En realidad no puedo quitar esta sonrisa tonta que tengo en la cara desde que hace un par de horas el avión aterrizó aquí en la Habana.

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Finalmente me siento en la acera a esperar. El niño se pone a bailar, menea las caderas, hace unos movimientos sexys, cadera para adelante cadera para atrás con las rodillas flexionadas, bajando casi hasta abajo. El niño debe de tener 7 años y baila mejor que el 90% de la población de España. Yo sonrío y una de las mujeres me ve y me sonríe también.

Finalmente se abre la puerta y aparece un señor que ahora sé que es Lázaro, el padre de Teresa. Hoy sé que tiene 70 años aunque no los aparenta. Me abre y me recibe. Me fijo en su camiseta, una camiseta de estas que se traen de recuerdo de Cancún.

Me abre y le sigo escaleras arriba mientras empiezo a escuchar la voz alegre de Teresa, su hija, quien nos recibe en el tercer piso después de que Lázaro me abre la puerta. Me recibe con un vaso de agua de guayaba fría, fresquita, rica y desde el segundo uno me siento cómoda. En realidad estoy encantada. Le digo que me han recomendado, pregunta quién, le digo que llego desde México. Me siento en el sillón, ella habla, habla como quien canta, habla con una de esas voces de madre, habla con cariño, con alegría, con jovialidad.

Es ancha y es grande pero es hermosa y es vivaracha. Me ayuda a subir la mochila, me enseña el cuarto, dejamos mis cosas, me explica cómo toda funciona y finamente se va al piso de arriba donde vive y me deja sola.

Yo acomodo mis cosas, me pego una ducha para quitarme este sudor que tengo pegado. Me cambio de ropa, me pongo mi vestido amarillo, ese que hace que todo tenga un significado especial. Me pongo mi sombrero, mi pamela nueva como me gusta llamarla. Veo que mis compañeras de cuarto tienen crema de sol así que me tomo la libertad de tomarles prestada un poco antes de salir a la calle, de salir a descubrir.

Salgo, reparo en que cuando miro hacia abajo, al fondo, se ve el mar, así que empiezo a caminar hacia allá. Trato de contenerme y de no sacar el móvil a casa segundo, para fotografiarlo todo, filmarlo todo. Y es que cada instante aquí, cada imagen, me parece merecedora de una foto, de un video, de un texto o incluso de una historia entera.  

Las puertas abiertas, como sacando la casa hacia fuera. La gente sentada en los bordillos, en las aceras, las señoras asomadas a la ventana, a las puertas. Los bictaxis subiéndose a todos lado para evitar los agujeros que hay en el asfalto.

Camino hacia el mar y llego hasta el Malecón. Tardo en cruzar la carretera donde no dejan de pasar los carros antiguos, los mototaxis, los cocotaxis, los coches más modernos, los viejos que se caen, los viejos arreglados con su carrocerías brillantes, reluciendo al sol, ocupados por turistas rubios en su mayor parte.

Finalmente logro cruzar la calle y me asomo al Malecón, para tirar una de mis primeras fotos con la reflex. Entonces un cubano me habla, me vuelve a hablar. Una conversación no se le niega a nadie, así que contesto, pero después de algunas frases y de tomar mis fotos y de declinar la invitación decido seguir paseo. Es mi primera tarde en la Habana y tengo ganas de caminar, de callejear, de descubrir y experimentar. Así que sigo caminando. Me paro aún algunas veces en el camino, tomo unas fotos más, vuelvo a avanzar.

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Entonces miro a mi izquierda y lo veo de nuevo, él se disculpa y dice que no me está siguiendo, que sólo va en la misma dirección que yo. Yo me río, no deja de hacerme gracia la situación. Caminamos por un rato, me cuenta que trabaja en una pizzería, que es el chico de los recados, el que va a buscar más pan cuando se acaba, más pizza, más lo que haga falta.

Seguimos caminando hasta el Malecón donde unos músicos se disponen a tocar. Yo les pregunto si les molesto o no tomándoles una foto. Me dan permiso y siguen tocando mientras yo los inmortalizo con mi lente en mi tarjeta de memoria.

Roberto, así se llama el cubano con el que he llegado caminando- Él pregunta si puede formar parte de la foto y para no quedarse ahí, rígido, parado, antinatural, como pegado con collage en la foto, el que toca los tambores le da una maraca, una sola y con eso se pone a tocar para poder ser parte de la foto que estoy a punto de tomar.

Los músicos interpretan una versión de Dos gardenias, yo la murmullo mientras los grabo. El chico que toca la guitarra tiene unos ojos azules, preciosos. Terminan de tocar y piden la voluntad, yo les doy unos pocos pesos cubanos que miran como pensando que es poco, pero aún así lo agarran antes de moverse para seguir tocando a lo largo del Malecón.

Yo continúo el paseo con Roberto. Nos internamos en la Habana Vieja. Yo le voy preguntando por todo lo que veo, le pregunto precios, lugares locales donde comer, el precio de los mototaxis, de los cocotaxis.

Llegamos a la Plaza Vieja, me habla de los famosos cafés que la pueblan, me pregunta si me quiero sentar en la terraza a probar uno. Se ven caros, llenos de turistas así que digo que no, que prefiero seguir caminando. Cruzamos calles. Los niños juegan a la pelota, la música sale de las puertas, de las casas, las voces, los gritos se mezclan. Pasamos por una calle llena de cubanos sentados en los bordillos, en las aceras con el teléfono en la mano. Pregunto si hay wifi, me dicen que sí, pero que hay que decirle al chico de la casa.

Aquí te cobran el wifi, uno o dos dólares la hora, depende de la cara con la que te vean. Es fácil reconocer los sitios donde hay internet, solo hay que fijarse en la multitud de gente sentada, teléfono en mano, concentrada.

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Seguimos caminando y volvemos a salir al Malecón, junto al antiguo almacén de tabaco. Suena música en vivo. Roberto me dice que es uno de los mejores lugares para ir a bailar, que la entrada es gratis, solo hay que pagar si quieres tomar.

Me pregunta si quiero entrar a bailar, niego con la cabeza. Estoy cansada, ha sido un día largo, no tengo cuerpo para bailar, hoy sólo quiero ver, caminar, observar, escuchar. Ser observadora de este mundo, de esta realidad.

Seguimos caminando, empieza a oscurecer. Roberto me vuelve a invitar por décima vez a su casa, a que me tome un café, a que conozca a su madre y a su familia. Niego con amabilidad, es tarde, estoy cansada y ha sido un día largo, quizás pasado.

Nos despedimos en el Capitolio tras intercambiar datos. Él me pide que le prometa que le llamaré mañana. Yo le digo que eso no me lo pide ni mi madre, que no prometo nada, pero que quizás pasado podamos tomar ese café en algún lado.

Roberto desaparece entonces y yo camino hasta la casa, me vuelvo a dar una ducha rápida, más por quitar la nueva capa de sudor y por refrescar que por una cuestión de suciedad.

Me vuelvo a cambiar de ropa y salgo en busca de algo barato para cenar. He fichado un par de calles más arriba un par de locales de comida criolla en moneda nacional, así que me dirijo para allá. Escojo uno de los locales y pido un filete de pescado, que me sirven acompañado con arroz y frijoles y un poco de ensalada. No soy capaz ni de acabarme la mitad del plato. No hay agua así que pido una cerveza. El plato de comida me cuesta 35 pesos cubanos, menos de un euro y medio. La cerveza cuesta otro tanto, así que en total me gasto 3€ en cerveza y cena.

Mientras como, un hombre bebe su cerveza y fuma un cigarro a mí lado. Como digo aquí fuman en todos lados, no importa si es un local cerrado, si hay ventilación o no.

El hombre tiene unos pequeños altavoces y un USB con el que ameniza el local a base de música, de canciones de amor. Llega gafas de sol así que no puedo saber exactamente lo que miran sus ojos, aunque siento que me observa mientras como.

Finalmente termino de comer y pido una caja para llevar lo que me sobra y con la caja y el resto de mi cerveza en la mano salgo a la calle, camino a casa otra vez.

Cuando estoy sólo a unos metros de distancia de la puerta, oigo una voz diciendo “amor” a mis espaldas. Me giro más bien por curiosidad y también porque no hay nadie más a mi alrededor a quien pueda estar dirigiéndose esa voz.

Es el hombre que estaba a mi lado en el bar. Ya no lleva gafas de sol y no hay duda de que se dirige a mí, me mira a mí, me habla. Digo hola y él se disculpa un par de veces por el atrevimiento. Dice que no ha podido evitar salir del local detrás de mí. Que le ha llamado la atención mi forma de comer, mi sencillez. La desenvoltura con la que entré al local a pedir algo de comer. Mi pelo a dos colores.

Se disculpa una y otra vez. Yo digo que está bien, que no hace falta la disculpa y me siento en un bordillo a terminar la cerveza que tengo en la mano. Él pide disculpas y permiso al mismo tiempo y se acuclilla a mi lado.

Se presenta. Se llama Marcos. Yo le digo que me llamo Andrea. Me cuenta que es mexicano de nacimiento, de Sinaloa, pero que son tantos los años aquí que en realidad es ya cubano. Que acaba de comprar unas casas, que se dedica a la importación y a la exportación.

Hablamos un rato y luego me dice que le gustaría llevarme a tomar unas cervezas, pero que está cansado, así que nuevamente intercambiamos datos y finalmente se va. Yo vuelvo a entrar en la casa y me encuentro a Teresa, a Juan -su hijo-, a Julieta, una mexicana que ha venido a Cuba solo para casarse con un cubano por cuarta vez. Su cuarto marido. La posibilidad de salir de Cuba para muchos cubanos.

Están todos sentados aquí en el salón, Julieta pasaporte en mano, su supuesto marido y la mujer real de éste al lado. Miran fechas en el pasaporte para ver si coinciden con las supuestas fechas de la boda. Tratan de crear una historia, un cómo se conocieron para poder decir lo mismo en las entrevistas que hacen ahora.

Juan me invita a probar un cigarrillo negro, cubano, en la ventana. Acepto la invitación. El sabor no me gusta y el tabaco es fuerte, pero aprovecho para conversar un rato con él. Me invita a tomar una cerveza y le acepto la invitación. Salimos de casa y caminamos sólo un par de cuadras antes de llegar a un pequeño establecimiento donde él pide dos Bucaneros, que paga él.

Hablamos largo rato, de todo y de nada. Me cuenta sus planes de ir a estudiar a España. Me cuenta lo que hace, de que trabaja. Tiene un buen puesto, tienen un buen sueldo. Gana 80 dólares al mes. A mí me parece una porquería, pero él dice que es un privilegiado ya que aquí en Cuba hay gente que gana 10 dólares al mes.

Las cervezas que estamos tomando, que descansan sobre la mesa, nos han costado 3 dólares, así que yo le pregunto cómo se puede vivir aquí con 10 dólares al mes si sólo una cerveza, incluso para los cubanos, cuesta un dólar o un dólar y medio. Me dice que es una historia larga, parte de la magia.

Hablamos de socialismo, hablamos del día a día de este país. De las chicas que se han sentado en la mesa de al lado. Me cuenta que el precio oscila, pero que se puede conseguir una chica así por uno 40 dólares y que quien las busca son en su mayor parte, viejos. Así lo dice, así lo cuenta.

En frente del bar en el que estamos, en la calle, hay un grupo de chicos jóvenes apiñados junto a una mesa en la que cuatro chicos están sentados. Juegan a algo. Por el ruido diría que son fichas de dominó, pero dudo que gente tan joven juegue a un juego así, así que le pregunto a Juan, quien confirma mis sospechas. Juegan dominó, en la calle, en la mesa.  
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La gente pasa, entra. Juan saluda a casi todos. Aquí todos se conocen, se saludan se hablan, se llaman por el nombre. Llega un chico, Juan le saluda de beso en la mejilla. Pregunto si eso es normal aquí, me dice que sí. Que antes no tanto, que había quien lo veía mal, como algo raro. Cosas de maricas, ya sabes. Pero hoy incluso hasta los señores mayores se saludan de beso en el papo me explica y yo no puedo sino asentir y aplaudir el gesto, la fraternidad, el contacto que en otros muchos lugares prohibimos socialmente por todos esos prejuicios, por las cosas que deben ser así y asao, por el que dirán, porque los hombres no se saludan de beso.

Le pregunto si Cuba es machista, dice que no. Le cuento que esta tarde he visto en la calle una discusión, problemas como decía Roberto, quien me obligó a alejarme de la situación. Tres chicas correteaban a un chico, le pegaban, le insultaban. Desconozco el problema, pero estaban enfadas y claramente no parecían por la labor de dejarlo pasar o de bajar la cabeza y aceptar. Corrían tras él, lo agarraban de la ropa, él se libraba aunque eso significase perder la camiseta que ellas tenían asida entre los dedos.

Le cuento la historia a Juan, le cuento que me ha llamado la atención. La fuerza de ellas, la determinación. Y me dece que sí, que aquí en Cuba ellas los tienen buen puestos.

A las doce nos dicen que es hora de cerrar. Regresamos a casa, nos quedamos en el salón aún conversando un rato más. Me habla de Laura, una chica gringa que ya lleva más de 5 años viviendo aquí con ellos en la casa, yendo y viniendo. Me dice que la tengo que conocer y la llama. Ella está en la puerta de al lado. Vamos, me la presenta, hablan un rato y ella se excusa diciendo que está cansada. Regresamos al salón, hablamos un rato más. Llegan mis compañeras de cuarto junto con un boliviano. Conversamos un rato los 5, más bien los 4, ya que una de las chicas no habla español. Finalmente llega la hora de dormir y caigo rendida en la cama para despertar hoy aquí y desayunar y sentarme a escribir todo esto mientras alterno las palabras aquí en el texto con las que comparto con Teresa y con toda la gente que va llegando. La señora de arriba para buscar los frijoles que cocinará mañana. Lazaro el padre de Teresa que llega a arreglar la luz. Julieta que pasa a visitar. Mari que me prepara más café y se pone a limpiar. Una señora más, la abuela, gente que va y que viene mientras yo estoy aquí sentada escribiendo y compartiendo con ellas mientras escribo en esta mesa.

Me encanta Cuba. Acabo de llegar y ya me quiero quedar.


Espero que te hayan gustado mis historias de la Habana, están escritas con sentimiento y corazón. Y ya sabes, si tú has estado por aquí, si te ha gustado o si sólo quieres pasarte a decir hola, yo te espero por los comentarios.

Un abrazo,

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¡HOLA! SOY ANDREA BERGARECHE

Desde hace más de 5 años vivo viajando y ayudando a mujeres como tú y como yo a ser más libres, fuertes e independientes.

26 comentarios en «Historias de la Habana | Escritos de bolsillo desde Cuba»

  1. Hola Andrea, me ha encantado tu post, como escribes, como lo cuentas. Leyéndote me veía en todos estos lugares y me imaginaba perfectamente las caras de Teresa, Juan, Roberto y todos esos personajes que encontraste durante esas horas en la Habana :)
    Me voy a Cuba en un par de semanas, viajaré durante un mes con mi mocilla y mi camera y tus posts han sido realmente muy útiles
    Un abrazo

    Responder
    • Me alegro mucho de que te haya gustado mi post Francesca. La verdad es que es una crónica que escribí desde el corazón, in situ, mientras escuchaba esos sonidos y vivía las sensaciones que describo.
      Espero que tú también vivas una grata experiencia en tu viaje. A mi Cuba me enamoró.
      ¡Un abrazo!

      Responder
  2. DIOS MIO ANDREA UNA VEZ MAS QUE TEXTO ,HISTORIA MAS BONITA APENAS CON UN DIA DE ESTAR AHI MIRA TODO LO BONITO QUE TE PASO. NUNCA HABIA ESTADO TAN ENFOCADA EN TERMINAR DE LEER UN BLOG. ME ENCANTA ESTOY EN EL ESCRITORIO DE MI OFICINA HAN ENTRADO MAS DE 3 PERSONAS A INTERUMPIRME PERO NO ME DISTRAIGO DE SEGUIR LEYENDO TU HISTORIA. ME ENCANTO.

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  3. fua. dudo en hacer mi siguiente viaje a Cuba o a Chile.. pero me acabas de convencer! :P
    qué sentimiento, qué buen rollo, qué ganas de ver lo que me encuentro..
    si voy, ¿podré ir recomendada donde Teresa?
    Abrazos,

    Responder
    • Paula!
      Me alegro de que te haya llegado mi texto. A mí Cuba me cautivó y estoy segura de que te encantará.
      Y claro, ve a donde Teresa que es un encanto de mujer. Dile que vas de parte de Andrea la española y seguro te tratará genial :)
      ¡Un abrazo!

      Responder
      • Bueno, Cuba es un gran lugar, estoy aquí, ahora, con un poco de dolor de guata en el hotel. Denante conversaba con un amigo y estando aquí ya quiero volver el próximo año, así enamora cuba. Punto aparte – las mujeres son hermosas, maravillosas -. Escribí aquí porque hablaron de Chile, de mi chilito querido, es un lindo país, debiesen ir y disfrutarlo de norte a sur, por el norte el desierto más árido del mundo, el desierto de Atacama, San Pedro de Atacama y el valle de la luna, el dark side of se moon en la tierra. Por la zona centrar él emborracharse con un buen vino no le hace mal a nadie, si viene a chile y no tomo vino, a qué vino? En la zona sur – y aquí me voy a explayar porque es mi zona, mi terruño, mi tierra, mi lugar – tierra de lagos, bosques y volcanes (la mayoría activos y con una inminente posibilidad que haga erupción), unos bosques de Araucarias, uno de los árboles más antiguos del mundo (dicen los entendidos que estoy árboles existieron en la época de los últimos dinosaurios en la tierra) y hay en el parque nacional conguillio la Araucania madre que tiene una edad de 2000 años, bueno a la fecha serían 2019 años, joven cierto?. Los lagos para refrescarse en el verano (temperatura media de 24 grados, ni comparable con cuba!!! ) e irse de pesca por una buena trucha o salmón, muy rico y sabroso ese pez. Más al sur ya es Patagonia y tenemos los hielos milenarios, últimos vestigios de la última glaciación, unos fiordos parecidos a los de países nórdicos, y por la zona Patagonia sí hace frío, y lluvia, pero hermoso. Vayan a Chile, se los recomiendo jajaja. Saludos!!!!!

        Responder
  4. Wow sin palabras! Acabo de encontrar tu blog por casualidad y me he enamorado de este post. Eres una crack!!
    Me apasiona bailar salsa (bueno en general bailar <3 ) y llevo tiempo dándole vueltas el ir a Cuba. Me parece un país muy diferente y en el que puedo disfrutar un montón.
    Te doy la enhorabuena por esta "historia de la Habana", me encanta la sencillez y esa sensación de pasear por la Habana mientras leo tus líneas.
    Un abrazo! (:

    Responder
    • Julia!!
      Este post también es uno de mis favoritos y es que está escrito así, desde el corazón de la Habana, empapado de todo su encanto, de lo que me transmitió y me hizo sentir. Si te encanta bailar, Cuba te gustará porque sus noches son una fiesta y hay lugares de todo tipo. La música en vivo abunda y se puede encontrar en los locales o improvisada en mitad de la calle. Y sí, desde luego es un país muy diferente, es muy difícil imaginarse lo que una va a encontrar antes de llegar. A mí me sorprendió mucho y muy positivamente, así que te lo súper recomiendo 100%, te encantará!!
      Y mil gracias por pasarte a dejar estas palabritas que me hacen mucha ilusión <3
      Un abrazo Julia! :)

      Responder
  5. ¡Hola Andrea! Cuba es uno de los países a los que quiero ir desde hace años.. Me ha encantado leer tu relato sobre tu primer día allí. Es como si nos hubieras abierto tu mente y nos hubieras dejado entrar, me gusta mucho que escribas con un estilo tan sincero, sencillo, cercano y personal. Por cierto, vas a las Jornadas de los grandes viajes en Madrid, ¿no? Yo estaré allí, tengo muchas ganas, ya estuve en las de Sevilla la semana pasada y no quiero perderme la siguiente edición :)
    ¡Un saludo!

    Responder
    • Isabel!
      Qué placer encontrarte por aquí!! La verdad es que yo también le tenía ganas a Cuba desde hace años pero por una cosa o por otra siempre se me había escapado. Por fin me he quitado esa espina y te digo que ahora ya tengo ganas de volver. Me ha requeteencantado.
      Me alegra que te haya gustado el relato, salió de ahí, de esa magia y esa energía que tiene la Habana.
      Y sí, voy a estar participando en las Jornadas de Madrid! Qué bien que vayas! Seguro nos vemos entonces por ahí!

      Un besote!

      Responder
  6. Me apasionó la historia narrada. Realmente me pareció estar alli contigo,imaginar los escenarios,olores,comidas,todo. Buen viaje y esperamos as noticias. Saludos desde Resistencia,Chaco. Argentina

    Responder
    • Lilian, qué lindo que te haya gustado y que las palabras hayan conseguido teletransportarte por un rato conmigo a la Habana. Seguiré escribiendo para que sigas viniéndote de viaje.

      Un abrazo desde México hasta mi querida Resistencia,
      Andrea

      Responder
  7. Hellow Andrea! Daniel por acá de Buenos aires. En este preciso momento te escribo siendo las 6am, viajando en tren con mi bicicleta colgada de un perchero metálico que hay en el último vagón de la formación. Una voz me indica que estoy en la estación Belgrano R. , Y lo único que pienso es en lo divertido que es escribir narrativamente! Jaja. En fin… Tu modo de escribir es lo que más me gusta. Me haces acordar a Jack London, que de una manera muy simple te transporta a experiencias la narrativa que expone. Me siento yo caminando por la Habana! Te felicito por el blog. No soy viajero empedernido, pero me quedé pegado en la forma de escribir tuya. Me encantaría q me mandes algunos links de demás historias de ciudades que recorriste. Me costó bastante encontrarlos en la página inicial! Te mando un saludo grande y que Dios te bendiga!

    Responder
    • Daniel!! Escribo mientras leo tu comentario y pienso que hace tanto reflexionaba sobre lo gratificante de escribir sobre el momento presente, así narrativamente así que me alegro que te haya gustado mi forma de hacerlo porque ahora mientras mis dedos teclean palabras hacia algún lugar de Buenos Aires en el que probablemente tú duermes ahora, pienso en cuánto me gusta hacerlo y en cómo le da peso.
      Gracias por el piropo, ojalá algún día pudiese escribir como Jack London y qué bueno que hayas llegado a mi blog y te hayas animado a viajar con mis palabras. Para encontrar historias sobre otras ciudades te recomiendo ir a http://www.lapiznomada.com/nomada y en el mapa que sale seleccionar un país para que te salgan las distintas historias que he ido escribiendo sobre mis viajes por ellos.

      Un abrazo grande Dani! Y arriba esa bici!

      Responder
  8. Andre! Quiero más escritos de bolsillo. La verdad que, a medida que paseaba sobre las líneas y conociendo tu forma de hacerlo, es fácil imaginarse en tus ojos y sentir que estoy paseándome contigo por La Habana. Pero, como bien sabes, soy incapaz de seguirte el ritmo, así que espero que continúes la historia (y que la próxima vez que te vea no vengas diciendo mi amol). Un abrazo fuerte!

    Responder
    • Mi querida G,
      qué alegría encontrar tus palabras. Vendrán, vendrán más escritos de bolsillo, así como son, sorpresivos e improvisados, palabras tratando de captar los segundos, la atmósfera, le vida. Me alegro de que hayas viajado conmigo al menos un ratito. A ver cuando podemos escribir juntas de la misma historia.
      Y no, no voy a volver diciendo mi amol! Nos vemos prontito,
      un abrazo inmenso!

      Responder
  9. Me ha gustado el relato de tus primeras impresiones de Cuba. ¡Estaré atento a tus próximos post! A propósito ¿has tenido ocasión de dibujar algo inspirado por aquellos sitios? ¿creaste algún diseño para tatuaje?.
    Espero llegues bien con todo para tu viaje a la Argentina, tierra del Che Guevara. Ya reservé el horario para tu ponencia en el DNX Buenos Aires. ¡Espero conocerte en persona! Saludo cordial

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    • Alejo!!
      ¡La verdad que fue un relato totalmente inspirado por mi alrededor! Y para ser sincera, no, no he dibujado mucho, he dedicado el tiempo a empaparme de este país tan alucinante.
      Fue un gusto conocerte en el DNX, estamos en contacto!
      Un abrazo!

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    • Georgina! Que bueno que te gustó! La verdad que no es que sea difícil, pero sí hay que pelear mucho si se quiere salir del universo para turistas y vivir una experiencia más real! Todo depende de la actitud con la que se vaya!
      Un abrazote!

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    • Marta! Gracias por pasar! La verdad que esas palabras salieron así, de corrido, escritas entre las voces de las mujeres de la casa y el ruido de la calle. Salud!!
      Un abrazote!

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