La chicha mágica | Instantes únicos en el pequeño Cuzco

Hay ciudades, destinos y lugares, que no te causan amor a primera vista. Sitios que te cuesta digerir. Porque no te gustan, porque no te sientes cómoda, porque no son tu ambiente o por cualquier otra razón. Mi primera impresión de Cuzco fue así. No fue desastrosa, pero no me gustó.

Demasiados turistas, demasiado bonito y arreglado todo. Pero a veces, las sorpresas te esperan detrás de la puerta. En Cuzco, pude vivir una de las experiencias más bonitas de mi viaje por Perú y todo fue con un vaso de chicha de jora peruana en la mano.

Bebiendo chicha de jora peruana en el pequeño Cuzco:


No se qué hora es, empieza a caer la tarde. No tengo mucho que hacer, voy volviendo del mercado, de comer uno de esos almuerzos baratos compuestos por sopa y algún tipo de carne refrita con patatas y arroz. Camino por San Blas, quiero aprovechar para ir un rato a la casa de mi couch, ahora que trabaja y se que no hay nadie, que puedo escribir por fin tranquila sin preocuparme por tener que establecer conversación o hacerme la sonrisas con algún visitante inoportuno o algún otro viajero que acaba de llegar y quiere compartir las interminables historias de viaje.

Voy metida en mi cabeza, observo a mi alrededor y camino sin prisa. Primero subo las escaleras con la intención de seguir calle arriba. Un artesano melenudo me habla, no recuerdo ya bien cuál es la entrada. Supongo que un hola, un de dónde eres o simplemente un por qué no paras un rato para conversar. Yo hago como si nada, oídos sordos y continúo el paso.

La llamada se repite, el cuerpo frena un poco, dudo. Finalmente me giro y contesto. Ya no hay vuelta atrás, finalmente me siento y empezamos a conversar. Hablamos de todo un poco, sus diseños de macramé, las piedras, los distintos tipos de tejido. La importancia de los mismos en Perú, en las comunidades originarias, esas que los españoles nos encargamos de exterminar. La misma historia de siempre.

Yo asiento, doy la razón, pero no puedo dejar de exponer mi contraparte. He llegado ya a la conclusión de que todos aquellos que me repiten la misma historia, tienen ya también sangre española, son también conquistadores, por tanto, responsables igual que yo de la barbarie que hace tantos años se cometió. La sangre se mezcla, quien me habla tiene también sangre española y hasta apellido español, tiene aún más sangre que yo de conquistador.

La conversación continúa, yendo hacia otros derroteros, al fin y al cabo estamos en el siglo XXI, la época de la globalización, donde cada vez son más borrosas las fronteras, donde el Internet entrelaza realidades que tiempo atrás hubiesen sido inconexas, distantes y remotas. La generación de hoy en día, los niños que aprenden antes a manejar el celular que a andar. Yo digo que nosotros, los nacidos entre los 80 y los 2000, somos la generación del milenio, ese es el nombre que nos han puesto. Somos la generación que vivió el cambio de siglo y así la conversación continúa y va y viene y se pierde de nuevo.

No se en qué momento llegamos a la chicha, la chicha de jora peruana. Yo no la he probado, apunto. No quiero probarla en cualquier lado, no quiero ir sola a beberla en cualquier puesto del mercado, chicha for turists.

Oscar, así se llama el artesano peruano, me dice que él conoce un lugar, un lugar de los auténticos. Una chichería de esas que aún tienen el paño rojo colgado en la puerta, para indicar a los transeúntes, que hay chicha de jora, que pueden pasar a beber, que el brebaje los espera. Y yo digo que por qué no, que vayamos entonces y tras recoger las artesanías, emprendemos camino entre pequeños caminos de tierra que se dibujan serpenteantes ladera arriba.

Hacemos descanso. Oscar se enciende un petardito de marihuana, yo digo no tener aire en los pulmones suficiente para fumar. Aún así me paro a observar Cuzco desde arriba mientras él me cuenta que a veces viene a jugar fútbol a la cancha que hay a nuestra espalda con algunos de los chicos del lugar. Seguimos caminando, volvemos a encontrar asfalto y de pronto, en la puerta de una pequeña y humilde casita, aparece el paño rojo, que en realidad no es ya un paño, sino una bolsa de plástico amarrada a un palo.

Entramos. El lugar me fascina desde el primer momento. Es un pequeño cuartucho amarillento, con las paredes sucias y un par de mesas de madera arrinconadas junto a la pared. Unos señores juegan al sapo de un lado a otro de la habitación. El sapo descansa con la boca abierta junto a la puerta. Las pesadas fichas de cobre resuenan al golpear el tablero, algunas rebotan y se pierden debajo de nuestros pies, haciendo que tengamos que emprender la tarea de búsqueda para que nuevamente los señores puedan seguir jugando. Los puntos se van sumando en una pequeña pizarra que descansa en la pared. Una línea divide la pizarra en dos y los números se van acumulando en fila, en columna más bien, uno debajo del otro. Hago las cuentas rápidamente. Uno de los señores le está pegando al otro una buena pulida, no hay más que ver los puntos, ni siquiera hace falta hacer la suma, se ve a primera vista.

Alfonso, el señor que lleva el lugar, aparece en la mesa con dos grandes vasos, más bien gigantescos vasos llenos de un denso líquido blanquecino, medio amarillento. Nos sonríe con todos los dientes y se estiran y encogen las arrugas de su boca y de sus párpados mientras sonríe también con esos ojos de niño enmarcados en el rostro de un anciano. Yo me llevo el vaso a los labios e ingiero el primer trago de líquido. Me gusta, me recuerda un poco al pulque en México, tiene parecida densidad. Llena. Doy un par de tragos más. Alfonso y Oscar me observan, esperando mi reacción, algún comentario. Yo digo en alto que me gusta, que está bueno y Alfonso triunfante se va de nuevo a su silla.

Un par de niños juegan encaramados a la única ventana, los observo por un rato. Están de foto, pienso. Foto de postal. Los niños encaramados al alféizar de la ventana, jugando, mirando Cuzco del otro lado del cristal. Pienso en sacar la cámara, capturar el momento, pero no me atrevo. En cierta manera me parece un insulto a tanta magia, a tanta autenticidad, a lo genuino del lugar.

Se lo digo a Oscar, quien no opina lo mismo y me anima a que al menos me atreva a preguntar. Por intentarlo no pierdes nada, agrega y yo se que tiene razón, pero aún así no termino de atreverme. A veces me pasa eso con las mejores fotos. Como si sintiese que son fotos que no deben ser tomadas, instantes que no deben ser capturados, que deben permanecer en la memoria como una neblina, una nebulosa, uno de esos fantásticos recuerdos con los que uno termina preguntándose si alguna vez fue real.

Pero finalmente me atrevo. Pregunto a una señora, me dice que no son sus hijos, así que no sabe. Me vuelvo a sentar. Oscar insiste de nuevo. Pregúntale a Alfonso, él todo lo ve con buenos ojos y la mejor de las vibras, así que seguro te dice que sí. Y yo voy y vuelvo a preguntar, encontrándome esta vez con una respuesta positiva.

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Saco mi cámara finalmente, ajusto la luz. Los niños se han movido ya, he tardado demasiado y he perdido la foto, pero no me importa demasiado, es como demostrar que tenía razón, que estaba en lo cierto, que hay fotos que no se deben sacar. Lo que no sabía, era lo que venía a continuación, lo que una cámara de una extranjera curiosa como yo puede provocar en un lugar tan local.

Oscar se emociona, una foto me dice. Y yo la tomo. Alfonso, Oscar y uno de los niños posan juntos para mi lente. Yo deseo sacar de la foto a Oscar, de alguna forma, siento que él no forma parte del lugar, pero aún vienen más fotos. Alfonso emocionado me dice que espere, que tiene un sombrero, que lo va a ir a buscar para que le saque una foto y rápido desaparece por la puerta para aparecer instantes más tarde con un sombrero negro al estilo vaquero entre las manos que se calza a la cabeza.

Disparo, disparo varias veces, tratando de recoger la luz sin usar el flash, cambiando ajustes a toda velocidad. Las risas comienzan, yo, mi cámara y Alfonso posando para ella nos hemos convertido en el entretenimiento del lugar. Ya no hay sapo que valga ni nada más que hacer que observar la situación y reír en torno a ella con el vaso de chicha entre las manos yendo y viviendo de los labios.

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Para la segunda sesión, Alfonso va aún a buscar su chalequillo de piel de borrego o algo similar. Traje de vaquero total y de nuevo vuelve a posar mientras el resto de señores se ríen y comentan, porque además lleva la bragueta abierta. Pero aún hay más. No iba a creerme yo que me iba a quedar detrás del lente disfrutando de la situación y de la emoción del señor.

A mí también me toca mi turno. Me coloco el sombrero y Alfonso termina de abotonarme el chalequillo en una rara situación que de absurda me da risa. Un señor de quizás sesenta años, abotonándome el chaleco a la altura de mi pecho bajo los ojos expectantes de todo el bar. Y ya lista la sesión empieza. Fotos sola, fotos con Alfonso, con el vaso de chicha en las manos. Fotos con flash y fotos sin flash con Oscar detrás de cámara y yo muerta de la risa con el calor en las mejillas provocado por los dos gigantescos vasos de chicha de jora peruana que casi me he bebido ya.

Las risas a mi alrededor resuenan, soy hoy la diversión del lugar, he entrado con buen pie y les caigo bien. Oscar insiste en que saquemos una foto más y Alfonso me besa la mejilla para la foto, mientras su señora, empieza a recelar y mirarme con otros ojos.

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Tercer vaso de chicha de jora peruana, ahora con cerveza negra. La mezcla no me encanta y me empiezo a orinar. Pregunto a la señora por el baño y ella murmura varias veces qué pena, qué pena, qué pena. Y es que le da vergüenza enseñarme a mí, la extranjera, dónde y cuál es el baño. Una puerta para las chicas con un agujero en el suelo y un balde con agua afuera. Los chicos tienen menos complicación, un pequeño agujero en el patio a donde hacer puntería. Yo no puedo estar más fascinada, por mucho que la señora se muera de pena.

chicha de jora peruana

Le debo una carta a Alfonso y le debo las fotos. Tengo apuntado su nombre, su dirección y su número de teléfono en mi libreta de bolsillo. La letra de Alfonso es hermosa y llena la página con elegancia y silueta. Una promesa es una promesa.


¿Y tú, has probado alguna vez la chicha de jora peruana? ¿Te ha gustado? Cuéntamelo en los comentarios!

Un abrazo,

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¡HOLA! SOY ANDREA BERGARECHE

Desde hace más de 5 años vivo viajando y ayudando a mujeres como tú y como yo a ser más libres, fuertes e independientes.

3 comentarios en «La chicha mágica | Instantes únicos en el pequeño Cuzco»

  1. Hola Andrea, muy linda tu historia por esa ciudad tan hermosa. Tu redacción me transporta al lugar y al momento que viviste, parece que leo un libro con ilustraciones!, sigue viajando y contando tus historias. Saludos desde Argentina.

    Responder
  2. Hola Andrea!

    Me encantó esta historia. ♡
    Estoy viajando a Cusco en Enero, me encantaría entregarle tus fotos a Alonso, si así lo deseas.
    Un abrazo :)

    Responder
    • Brenda!!
      Qué ilusión! La verdad sería genial si pudieras entregarle las fotos en mano, sería algo tan hermoso!!
      Te acabo de enviar un email para coordinarnos. Gracias y más gracias! Son este tipo de cosas las que me demuestran que merece la pena! :)

      Responder

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