Los volcanes amantes de Puebla | Textos de azotea

Los volcanes amantes de Puebla es un post invitado por parte de Paula de Pata de Perro.

La ciudad de Puebla está en el centro de México, lejos del alcance de los huracanes y a dos horas del Distrito Federal. En la época colonial era ciudad de paso para los que desde Veracruz intentaban llegar a la capital del país y fue el lugar elegido por muchos españoles como lugar para vivir, lo que queda reflejado en sus edificios coloniales y en la multitud de iglesias que pueblan la ciudad.


Apenas llegué a Puebla su historia me fascinó. La Batalla del 5 de Mayo de 1862, en la que el ejército mexicano venció al francés, es uno de los festejos más importantes de cada año y para los franceses es un episodio olvidado que se niegan a reconocer como parte de su historia. La balacera en la Casa de los Hermanos Serdán, en la calle 6 Oriente, excalle de Santa Clara en 1910, luchando contra el régimen de Porfirio Díaz, quedó reflejada en un espejo con tres agujeros de bala que aún está colgado en la sala de la casa-museo. A diez minutos del Centro Histórico de Puebla está Cholula “Pueblo Mágico” y la pirámide más ancha del mundo. Sobre ella la iglesia de la Virgen de los Remedios simboliza la conquista: sobre ustedes, nosotros. Antes de llegar a México no sabía nada de Puebla. Los itinerarios azarosos del viaje me trajeron desde Chiapas y fue llegar y enamorarme de este lugar.

lapiz-nomada-volcanes-amantes-de-pueblaTodas las fotos están tomadas desde la ventana de mi azotea

Llegué a ese cuarto de azotea tan pequeño y tan cerca del cielo buscando la compañía de los amantes eternos de una de las leyendas más bonitas de México. Me convertí en la fotógrafa oficial de esa historia de amor, conocí sus días soleados y también las borracheras de nubes y llanto de cenizas.
La leyenda de los volcanes amantes de Puebla dice que el joven Popocatépetl era un guerrero a cargo del cacique de Tlaxcala, padre de la joven Iztaccíhuatl. Los jóvenes estaban enamorados. El cacique envió a la guerra a Popocatépetl prometiéndole que si regresaba victorioso le daría la mano de su hija. El padre estaba convencido que el joven no regresaría.

Un día Iztaccíhuatl recibió la falsa noticia de que su amado había muerto en la batalla y ella se dejó morir de tristeza. Popocatépetl regresó triunfal y fue recibido con honores y fiesta. Cuando se enteró de la muerte de Iztaccíhuatl llevó el cuerpo de su amada y lo recostó sobre un monte. Él encendió una antorcha y prometió que con su fuego velaría el cuerpo de Iztaccíhuatl durante toda la eternidad.

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Tres pisos por escalera. El edificio no tenía ascensor. Poco más de una decena de departamentos y el único que no tenía cerradura era el mío. Mi puerta mitad vidrio y mitad hierro se cerraba con un candado al mejor estilo calabozo. Todo el mundo sabía si yo estaba o no estaba en casa. Bastaba con observar si el candado estaba puesto.
El departamento tenía una habitación, una cocina y un baño. A mí me gustaba llamarlo “mi cuarto de azotea”. La cocina tenía una ventana que miraba al Popocatépetl y al Iztaccíhuatl, los volcanes amantes. Él, un guerrero enamorado. Ella, una mujer dormida.

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Una tarde me asomé y vi el piso gris, lleno de ceniza que el Popo había echado a volar sobre Puebla y Cholula. Estaba enojado y así nos lo hacía saber. Su rabieta nos obligó a permanecer encerrados y usar cubrebocas.
Aquel edificio pintado de amarillo y paredes descascaradas era muy frío. El sol nunca llegaba a las ventanas de los departamentos pero a mi cuarto sí. Me sentía privilegiada en esa altura tan cerquita de las nubes. Siempre tenía la cámara a mano porque cada atardecer era distinto y no quería perderme ninguno. Viví muy feliz algunos meses en esa cajita que el sol calentaba desde su salida hasta que se perdía detrás de los volcanes. Ellos me hacían compañía, yo en esos días andaba muy sola.

Un día mi soledad se llenó de sensaciones increíbles porque el amor me había elegido ¡otra vez! Y esa tarde antes del primer beso, les guiñé un ojo a mis amigos pétreos y les hice gestos de que voltearan y no estuvieran chusmeando mis torpezas de enamorada. Creo que hasta escuché su risita burlona pero no me importó porque enseguida estaba dentro del cuarto llena de besos y perfume nuevo y páginas en blanco que se escribían despacito.

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Cuando mi amor se terminó, los volcanes amantes lloraron conmigo y juntos intentamos matar la tristeza y renacer. No sé si lo logramos porque hay heridas que no cierran nunca y por más cerca del cielo que uno esté, el recuerdo siempre nos da una puntadita en el alma.

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Me gustaba vivir en ese edificio porque estaba cerca del Centro Histórico de Puebla, bastaba caminar diez cuadras para estar en el zócalo de la ciudad de los ángeles. O tomar la 31 Poniente y distraerme en el centro comercial Plaza Dorada. O caminar hacia el nuevo puente de la 43 Poniente. Todo me quedaba cerca, a todos lados podía llegar gracias a mis pies. Si me sentía triste me obligaba a caminar hasta el Parque del Carmen y me sentaba a observar a la gente o compraba panes dulces para el mate. A veces caminaba mirando hacia arriba, observando la Puebla de los balcones y mosaicos de Talavera, contando los diferentes estilos y disfrutando la diversidad de materiales y colores. Y pensaba que estaba bueno cambiar de perspectiva y ver la ciudad de otra manera. Me gustaba saber que al volver me esperaba mi cuarto de azotea.

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Caminaba mucho, caminaba como loca y nunca me cansaba del movimiento de la ciudad. Me hacía bien cargar mi universo propio y llevarlo a pasear. Mi cuarto estaba frente a otro cuarto donde vivió un estudiante de Durango, luego otro estudiante de Acapulco y luego un viajero canadiense que cuando se fue me regaló sus cortinas rojas. Frente al edificio había una casa de familia bastante grande y con una pared altísima que los aislaba de la calle. Desde la azotea se podía vencer el misterio que pretendían generar a los transeúntes. Así descubrí un día que en esa casa vivía una chica desinhibida que dejaba sus cortinas abiertas. Al regresar a mi cuarto tarde, en la noche, me encontré con el chico canadiense agazapado en un rincón oscuro de la azotea observando a la vecina de enfrente. Me asusté cuando él se movió porque se había sobresaltado al verme.

[bctt tweet=»Me hacía bien cargar mi universo propio y llevarlo a pasear.»]

Sin embargo, el susto más grande me lo llevé el día que tembló la tierra. Yo estaba trabajando en la computadora y todo comenzó a balancearse, enseguida escuché los gritos de la casera exhortándonos a bajar lo más rápido posible. Fue un sismo 5.6° Richter y se sintió muy feo. Bajé los tres pisos de a tres escalones y el trayecto hasta la puerta de la calle me pareció eterno.

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Cuando me di cuenta que sabía las calles de memoria decidí que era tiempo de seguir viajando y cambié ese cuarto de azotea y las fumarolas del volcán por las orillas de un mar austral y el viento loco de la Patagonia. No sé cuánto tiempo más estaré cerca de estas olas frías. Lo más probable es que algún paisaje nuevo empiece a tentarme con su novedad y el mapa se me pegue a las manos y muy pronto arme la mochila otra vez.

paula-pata-de-perro-blog-de-viajesPAULA ITHURBIDE
Escritora | Viajera con @LupitaMxDog | Narradora en Pata de Perro/Blog de viajes | Argentina por accidente. Mexicana por decisión propia.
Andar de “pata de perro” significa ir de un lado a otro, viajar, pasear, ser un poco de allí, un poco de acá…

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Desde hace más de 5 años vivo viajando y ayudando a mujeres como tú y como yo a ser más libres, fuertes e independientes.

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