Infancia y viajes: reflexiones sobre los viajes, la memoria y el niño interior

Lees en el título infancia y viajes y piensas que de qué va esto. Puede que estés pensando que, en sí mismas, estas dos palabras no guardan relación, más allá de los viajes que una pueda haber hecho en su infancia o de los viajes en que los niños forman parte. Los viajes en familia, como los viajes en furgoneta que de pequeña yo hacía con mis padres.

¿Pero te has planteado alguna vez la relación que los viajes guardan con la infancia? Quizás te parezca una reflexión gratuita, hasta aleatoria, pero en mi experiencia, los viajes establecen una relación muy íntima con la infancia, devolviéndonos a ella, acercándonos a nuestro niño interior.

Por eso hoy quiero compartirte este texto que nace de unas reflexiones muy íntimas y particulares, de mi experiencia propia, de la relación que he ido estableciendo entre infancia y viajes a lo largo de mis periplos y aventuras por el mundo.

INFANCIA Y VIAJES: reflexiones sobre la infancia, la memoria y el niño interior:

infancia y viajes

Viajar, verbo en modo infinitivo, verbo infinito. Viajar, hasta el infinito y más allá. Viaje, sustantivo. Seis y cinco letras respectivamente que dan para mucho. Dos palabras de las que han derivado miles de textos, de historias, de vivencias personales con nombre y apellido y también de otras muchas anónimas.

Viajar, el tema infinito. Seis letras sobre las que se han escrito multitud de textos, ensayos y hasta libros. Seis letras sobre las que se habla aquí. Viajar, un verbo que da para mucho en cualquiera de sus formas personales, en cualquiera de sus derivaciones. Viaje, sustantivo protagonista de miles de historias.

Y es que se ha hablado mucho ya de los viajes, uno de mis temas favoritos. Y es que un viaje es este artículo en sí mismo o el camino de la puerta al autobús o del sillón al baño, todo depende como entendamos este concepto, este sustantivo, de como desglosemos cada una de sus letras y su sentido.

Existen multitud de textos y publicaciones acerca de los distintos y maravillosos destinos, guías para viajar, artículos con información útil, reflexiones viajeras, artículos acerca del viaje como un viaje hacia el descubrimiento personal, la autoexploración o el descubrimiento del mundo y de uno mismo. Podríamos pasarnos hasta horas enumerando revistas de viaje, blogs, libros, canales de televisión, programas de radio y todo tipo de publicaciones que versan sobre el viaje y todas sus subtemáticas y variantes.

A pesar de todo lo que se hable sobre viajes o lo que se haya hablado ya de viajar, continúo pensando que el viaje está de alguna forma infravalorado, sigue sin dársele en nuestra cultura el valor que le corresponde, pues se concibe únicamente como un escape de nuestra rutina, el premio ante el esfuerzo, las merecidas vacaciones tras arduos meses de trabajo, algo extraordinario que hacemos una o un par de veces al año si somos más afortunados. Un verbo que se desarrolla en un espacio de tiempo, un sustantivo con espacio temporal, con principio y final.

En nuestra cultura, el viaje es algo puntual, algo que empieza y acaba dentro de un periodo de tiempo no muy largo y que casi podemos contar en ocasiones con los dedos de las manos. El viaje es para nosotros un escape, una evasión de la realidad, unas circunstancias ideales que solo nos es permitido disfrutar a cuentagotas una par de veces al año.

Nos pasamos meses pensando en ese destino perfecto, nos apuntamos a buscadores para recibir las ofertas más baratas de vuelos, leemos revistas, blogs o cualquier otro tipo de publicación para mantener encendida la ilusión del viaje, para evadirnos durante un rato de nuestra realidad. Y es esa ilusión la que nos mantiene haciendo planes que no siempre concretamos en nuestra cotidianidad, la que nos hace soñar con el mes de vacaciones o el próximo puente que marca el calendario.

Pero el viaje es en sí mismo. Empieza mucho antes de la fecha de salida y no acaba al volver a casa, si no que los posos del mismo continúan aún un tiempo y van formando nuestro yo, siendo parte de nuestra propia historia, haciéndose un hueco en nuestra memoria. El viaje es un todo y cada una de sus letras y sonidos. Es la suma y la resta, el verbo y la conjugación. La construcción.

Repito. El viaje es un proceso en sí mismo.

Y vuelvo a repetir, el viaje está infravalorado, pues se habla de todo lo bueno de viajar, del viaje y sus destinos, pero hay un aspecto  que nunca se menciona, la relación entre los viajes y la infancia.

Y no voy a hablar de teorías científicas ni me voy a apoyar en números y cifras, si no en experiencias, en mi propia experiencia, en la personal, porque es el único prisma desde el que podemos mirar y desde el que me atrevo a hablar.

En mis viajes, he descubierto que viajar, junto con algunas otras actividades, como escribir, es una de las mejores formas de acercarme a mí misma, de ponerme en contacto con partes de mí que permanecen dormidas u oxidadas en mi rutina diaria. No voy a profundizar en cómo el viaje me enfrenta a mí misma y me obliga a explorar dentro de mí, pero sí hay algo en lo que quiero hacer hincapié: viajar es una forma brutal de potenciar el niño que todos llevamos dentro, el infante que guardamos en nuestro interior.

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Viajando nos vemos expuestos continuamente a nuevas situaciones a las que no estamos acostumbrados. Situaciones lejanas a nuestra zona de confort, a nuestra rutina, a los hábitos que hemos aprendido a desarrollar y que nos funcionan dentro del contexto en el que los hemos ido creando.

De viaje nos vemos obligado a crear continuamente nuevas capacidades y habilidades. Nuestra capacidad de improvisación se ve acentuada y hay que aprender a decidir rápido y a seguir los propios instintos sin darnos demasiado tiempo a dudar. Todo eso a la vez que uno se afana en disfrutar. Y como nuestro yo adulto es muchas veces demasiado rígido y está siempre condicionado por ideas y prejuicios aprendidos, es el niño (o niña) que llevamos dentro quien es siempre nuestro mejor maestro. Porque nuestro niño interior donde nosotros vemos un problema ve un reto, un desafío o ni siquiera, más bien un juego.

[bctt tweet=»La niña que llevamos dentro es siempre nuestra mejor maestra. » username=»lapiznomada»]

Nuestro niño interior siempre está dispuesto a aprender, a improvisar, a crecer a cada momento y además, está totalmente concentrado en disfrutar. Ese niño es capaz de explotar al máximo nuestra creatividad.

Y es el viaje el detonante, el que es capaz de volvernos niños otra vez, o al menos por momentos. Quizás no lo consigamos en un solo fin de semana organizado, pero incluso ahí. Ese niño curioso, ese niño que pregunta, que quiere saber más. Que investiga y tiene ganas de explorar, que se amolda a todo como el agua o como una esponja siempre capaz de absorber más.

De viaje somos de alguna forma niños otra vez. Nos sentimos más libres, con menos presión fuera de nuestra rutina, más libres de sacar y de dejar ir, de abrir las puertas al niño, a la niña, con menos timidez a la hora de jugar, de aflojar la sonrisa o hasta la risa porque el viaje nos expone, nos enfrenta y es el niño el que es siempre capaz de reaccionar ante nuestra rigidez de adulto habitual.

Es un hecho que el viaje, al exponernos continuamente a nuevas experiencias lejos de nuestra acostumbrada zona de confort, recupera en nosotros la espontaneidad y reaviva nuestro niño interior. Pero de esta circunstancia se deriva aún un segundo aspecto que vuelve a poner en relación el viaje y la infancia.

Al estar nuestra mente está más activa y más alerta, es frecuente que de viaje se activen en nuestro subconsciente recuerdos y conexiones que creíamos olvidados y que en realidad permanecen sepultados bajo nuestra rutinarias ideas, nuestros comportamientos y nuestra cotidianidad.

Nuestra memoria episódica (la memoria capaz de recordar episodios dentro de un contexto, como si fueran escenarios) y nuestra memoria autobiográfica (la memoria encargada de recordar recuerdos episódicos de nuestra propia vida) se ven activadas de viaje y cogen fuerza exponencialmente cuanto más dure el viaje y cuanto más variadas sean las situaciones y circunstancias a las que nos expongamos.

De esta forma, cosas que parecen nuevas para nosotros, son capaces de devolvernos y recordarnos a aquellas que conocimos en la infancia. Un árbol, cualquier árbol, puede recordarnos el jardín de nuestros abuelos en el que tantas veces jugamos.

Así, mientras escribo este artículo en este tren con destino  a Barcelona, un antena cualquiera que acaba de pasar frente a mis ojos, en uno de los túneles bajo los cuales este tren acaba de pasar, me ha llevado de pronto hasta la antena que había en la segunda casa en la que viví en mi infancia. Aquella que estaba junto a la veleta, con aquel gallo de hierro. Hoy no hay antena ni veleta, ni la casa existe ya y poco a poco se desdibuja de mi memoria adulta. Aún así, esta antena es capaz de llevarme de nuevo hasta allí y dibujar una nítida imagen de infancia en mi cabeza.

Una publicación compartida de Andrea Bergareche (@lapiznomada) el 19 de May de 2016 a la(s) 12:15 PDT

Vuelvo a mirar por la ventana de este tren y veo los nidos de cigüeñas que pueblan las antenas y tejados de estas tierras manchegas. Hace muchos años que no atravesaba estas tierras en esta época. Hace mucho que no vía un nido de cigüeña. Y entonces vienen de pronto las imágenes, la conexión se establece y entonces es como dos imágenes que se superponen, la que ven mis ojos y la que mi memoria pone encima durante unos instantes. Un viaje en coche con mis padres, los nidos de las cigüeñas al otro lado de la ventana de la izquierda, yo sentada en el asiento de atrás mientras mi madre me explica quiénes son esos pájaros y por qué eligen sitios tan variopintos para poner sus nidos.

Este efecto va a más cuanto más largo sea el tiempo de viaje y también cuanto mayor sea la atención que se le da.

De esta forma si en algún momento nuestro subconsciente activa alguno  recuerdo, podemos decidir prestarle atención y “agarrarlo”, para tratar de extraer todo lo que podamos de él. Lo más seguro es que si no lo dejamos escapar podamos sacar de él aún otros recuerdos más que vienen solapados o en cadena, mientras que si lo dejamos escapar. Como todo en esta vida, e algo que conlleva entrenamiento, cuanto más practicamos, más fácil es ir recuperando todos los trozos y momentos de nuestra infancia que creíamos olvidados.

Esta capacidad de recordar es algo que se activa exponencialmente de viaje y que se produce por el cambio de paisaje, por los nuevos estímulos que alimentan nuestro cerebro y nuestro subconsciente. Pero es algo que podemos aprender a desarrollar y que cuanto más practicamos, más cultivamos.

Reflexiones sobre infancia y viajes en un tren rumbo a Barcelona:


Miras por la ventana de este tren con destino a tu próximo viaje o con billete de vuelta a casa. Los paisajes se suceden al otro lado del cristal. Los campos secos, la vegetación cambiante, el tipo de población. Y mientras tanto tu trasero sigue ahí, sin moverse del sillón. Pero viajas, llevas días viajando y hace tiempo que se ha vuelto a despertar el mecanismo de nuevo, esa extraña conexión.

El tren se introduce por un túnel. Antes de adentrarte en la oscuridad de las paredes de hormigón tus ojos se fijan en una antena. Y es esa irreverente antena la que pone tu mente a volar y la ves, encima del tejado, junto a esa veleta titánica que aguantaba ahí arriba lluvias y tormentas, ese gallo algo roñoso. Y recuerdas la puerta, la verja, la hierba, el tendal y sus cuerdas, el chirriar del metal y las escaleras.

Llega la ventana, la mesa blanca y la limonada de domingo que hacías con papá después de segar el jardín en la jarra de cristal. La carretera, las setas en otoño, el olor de las hojas y de las castañas, los pinchos en las manos. El balcón y las largas horas contando coches de colores para pasar el rato.

Salimos del túnel y vuelvo aquí, al tren y me veo de nuevo mirando tras esta ventana. Y pienso en esta extraña conexión, esta capacidad que he descubierto mientras viajo y que cada vez va a más a medida que me dejo ir, llevar. Esta facilidad para rememorar la infancia, para dejar que cualquier cosa nueva y ajena a mí y a mi historia, me traiga momentos de mi autobiografía, imágenes nítidas y vividas de mi infancia que creía perdidas y que de pronto vienen como flashes.

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Entramos a una estación. El tren se detiene. Me fijo en el revisor y en la gente. Volvemos a arrancar y mientras el tren trata de agarrar velocidad veo primero los postes de tensión para fijarme luego en el campanario. Observo las cigüeñas con su plumaje blanco, sus largas patas. Las veo erguidas o descansando en sus grandes nidos, subidas a las alturas, coronando los postes de tensión, decorando el paisaje. Y me voy entonces de este tren para pasar al asiento trasero del ZX de mi madre. Voy sentada en el asiento derecho y me alzo un poco para ver mejor desde la ventana. Una cigüeña coge vuelo y yo le pregunto a mi madre el por qué de esas aves y de la extraña locación de sus nidos, aunque lo hago con otras palabras.

Me llaman la atención, tan blancas, tan grandes, tan cerca de la electricidad, tantas. Mi madre explica que las cigüeñas llegan desde África y que tienen ahí sus hijos y que, si me fijo bien, veré que les han construido muchos postes artificiales para que estén más cómodas y no tengan que ocupar tan extravagantes lugares ni corran riesgo de electrocutarse.

No se cuándo empezó. Al principio me provocaba una sensación extraña y me dejaba desorientada. No siempre resulta fácil aceptar que, algo totalmente nuevo, que jamás has visto antes, algo ajeno, tiene la capacidad de sacar cosas desde tan adentro, desde el fondo de tu ser, desde el baúl de los recuerdos. A lo largo de mis viajes lo he ido identificando y ahora lo busco, lo provoco. He aprendido que, como cualquier capacidad, mejora con la práctica.

Y sí, esa bebé era yo en algún momento de mi infancia

Y es que, nos demos cuenta o no, de viaje no solo reaparece el niño que llevamos dentro, sino que nuestra memoria episódica y autobiográfica se estimula, recuperando recuerdos olvidados. Viajando aprendes que, cualquier imagen, es capaz de recrear en la mente viejos escenarios de infancia, en los que sorprendes a tu memoria, dichosa, volviendo a jugar.


Y bien, ¿qué te ha parecido esta íntima reflexión sobre infancia y viajes? ¿Estás de acuerdo o cómo vives esta relación en tu experiencia personal? Cuéntamelo en los comentarios y avivemos la conversación junto a la niña interior!!!

Un abrazo,

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¡HOLA! SOY ANDREA BERGARECHE

Desde hace más de 5 años vivo viajando y ayudando a mujeres como tú y como yo a ser más libres, fuertes e independientes.

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