El viajero y Pablo Neruda

¿Has pensado alguna vez en ir en busca de la casa de Pablo Neruda? Si eres amante de la poesía y de los viajes, te encantará El viajero y Pablo Neruda, un fantástico relato de la mano de Dani Keral, en donde el viaje, la poesía y la imaginación se funden a partes iguales. Espero que te guste tanto como a mí!

El viajero y Pablo Neruda


Cuenta una historia que un viajero, soñador y volátil, salió de un pequeño pueblo en mitad de la meseta de España, a surcar los campos y los mares, cargado tan solo con una vieja mochila, un sueño  y un pequeño libro entre los dedos.

A cada nueva ciudad que llegaba, daba igual de qué país y qué idioma se tratase, se situaba en una esquina cualquiera de sus calles, abría el libro al azar y con voz intensa  y profunda, recitaba una de sus páginas…

libros viajeros

«Me gustas cuando callas porque estás como ausente,
y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca.
Parece que los ojos se te hubieran volado
y parece que un beso te cerrara la boca (…)

Todo el mundo detenía entonces sus frenéticos pasos y no podía salir del embrujo hasta que, con un sutil golpe de voz, el poema, terminaba:

(…) Me gustas cuando callas porque estás como ausente.
Distante y dolorosa como si hubieras muerto.
Una palabra entonces, una sonrisa bastan.
Y estoy alegre, alegre de que no sea cierto.»

El viajero  recibía aplausos y monedas que no había pedido (con las que se podría comprar algo de comida y, quizá, pagarse un pequeño cobijo) y respondía a estos agradecimientos con una sola frase: «denle las gracias al Poeta, a Pablo Neruda.»

Y es que este viajero tenía un objetivo oculto clavado en su corazón: llegar caminando  hasta la última residencia en vida del «Gran Poeta», como él le llamaba, en el lejano Chile, en  Isla Negra.

viajero y pablo neruda
Tras dos años y medio de experiencias surcando pueblos y pueblitos, valles y cañaverales repartiendo versos incandescentes y amores fugaces, por fin, la pequeña «no isla» de Isla Negra apareció ante sus ojos y lo recibió entre sus apenas 1000 habitantes.

En Isla Negra se encontraba la última casa que fue hogar del Poeta, antes de su muerte.
Pero por alguna extraña razón, el viajero tardó más de una semana en acudir a ella, quedándose en las afueras de la pequeña población.

Por fin, la mañana de un martes soleado, el viajero se encaminó hacia la casa.

Pasó horas, de sala en sala, viendo las habitaciones donde Neruda había creado y creído, amado y sentido. Una casa de madera, con el suelo crujiente como el de un barco en alta mar, un pequeño océano humano, con barcos dentro de botellas, conchas, mapas e incluso mascarones de proa.

Caída la tarde, el viajero salió y se dirigió al mar, a encarar ese Pacífico al que tantas palabras había dedicado el Poeta. Sentado, frente a la negra roca por la que Neruda le cambió el nombre a la localidad, el viajero dejó su vista correr y sus emociones aflorar.

Blancas lágrimas cayeron de sus ojos durante minutos que parecieron horas.

El mar, incluso, silenció sus olas, para dejarle al viajero un momento de intimidad.

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Entonces, rompiendo el silencio con la misma voz que había recitado tantas y tantas veces los versos de Neruda, dijo, mirando hacia el mar:

—Pablo… ¿y ahora qué?

Y, como una brisa que de pronto levanta el ánimo en un caluroso día, una voz tierna y suave con acento chileno, dijo a su espalda:

—Buenos días, ¿puedo pasar? Me llamo Pablo Neruda. Soy… poeta.

El viajero se giró asustado y se encontró con el Poeta, erguido enfrente suyo, con su boina, su pipa y unos ojos que contenían todo el amor del mundo.

—Me voy a sentar aquí contigo, este lugar era mi favorito, ¿lo sabías?

Y ante el estupefacto silencio del viajero, Pablo Neruda continuó:

El mar me pareció más limpio que la tierra por eso me vine a vivir en la costa de mi patria entre las grandes espumas de Isla Negra.
¿Eres real? —Logró, por fin, articular el viajero.
Tan real como tú quieras que sea, amigo mío —contestó el Poeta con una sonrisa, y continuó—, tú me preguntaste algo hace un momento, ¿recuerdas?.

El viajero asintió con la cabeza y le respondió:

—Sí, es cierto… Durante un largo tiempo caminé y tomé barcos, camiones y bicicletas, leyendo tus poemas desde mi pequeño pueblo en España hasta llegar al lugar donde dejaste de acompañarnos en la Tierra. Y ahora… ahora no sé que es lo siguiente que debo hacer.
—Entiendo… Ya sentí que alguien estaba leyendo mis versos. ¿Sabes? Cuando alguien lee las poesías de un poeta que ya no se encuentra en la Tierra, nosotros, los poetas que estamos allá nos enteramos, porque empezamos a sentir un cosquilleo en el corazón, como el que se siente cuando estás a punto de besar a una mujer hermosa.

Tras unos instantes, el poeta continuó.

—Durante mi vida en la Tierra comprendí una cosa, que escribí en uno de mis libros:

«(…) El mundo es una esfera de cristal,
el hombre anda perdido si no vuela,
no puede comprender la transparencia. (…)»

mundo de cristal
—Sé a qué te refieres —contestó el viajero—, muchas veces la he recitado delante de extraños, pero ahora… yo mismo soy el extraño. Otro poeta escribió una vez algo que es como me siento yo ahora:

«Estoy sentado al borde de la carretera, el conductor cambia la rueda.
No me gusta el lugar de donde vengo. No me gusta el lugar adonde voy.
¿Por qué miro el cambio de rueda con impaciencia?»

—Ay, este Bertolt Brecht, tan romántico y tan dialéctico… Tenemos curiosas conversaciones juntos. Entiendo lo que dices. Todo el mundo, en algún momento, siente que no sabe  si ha estado corriendo en círculos o andando en línea recta. Y más aun el viajero que, de pronto, se encuentra que es de todos lados pero de ninguno en realidad…. Me vienen unos versos a la mente, unos versos del gran «Gabo», que recién os dejó y se vino a charlar con nosotros al otro lado.

«Viajar es marcharse de casa,
es dejar los amigos
es intentar volar
volar conociendo otras ramas
recorriendo caminos
es intentar cambiar.
Viajar es vestirse de loco
es decir “no me importa”
es querer regresar.
Regresar valorando lo poco
saboreando una copa,
es desear empezar.
Viajar es sentirse poeta,
es escribir una carta,
es querer abrazar.
Abrazar al llegar a una puerta
añorando la calma
es dejarse besar.
Viajar es volverse mundano
es conocer otra gente
es volver a empezar.
Empezar extendiendo la mano,
aprendiendo del fuerte,
es sentir soledad.
Viajar es marcharse de casa,
es vestirse de loco
diciendo todo y nada con una postal,
Es dormir en otra cama,
sentir que el tiempo es corto,
viajar es regresar.»

El viajero, emocionado, escuchaba la templada voz de Neruda entonando los bellos versos del Nobel colombiano. Una lagrima se asomó a la puerta de sus pestañas y con un nudo en la garganta, respondió.

Nunca unos versos tuvieron tanta razón como estos… y más pronunciados por ti, Pablo.
Los versos siempre tienen razón, solo depende de quién los escuche —respondió con un movimiento de cabeza el Poeta.

[bctt tweet=»Los versos siempre tienen razón, solo depende de quién los escuche – respondió Neruda»]

Tras unos segundos de silencio, el viajero continuó.

—Me vienen a la mente unos versos que hace un tiempo empezaron a sonar mucho con el falso rumor de que tú habías sido su creador, cuando en realidad eran de una poetisa brasileña llamada Martha Medeiros —dijo el viajero. Y añadió con una pequeña sonrisa—. Yo lo supe desde el comienzo, porque me sé de memoria toda tu obra. Dicen así.

«Muere lentamente
quien se transforma en esclavo del hábito,
repitiendo todos los días los mismos trayectos,
quien no cambia de marca.
No arriesga vestir un color nuevo y no le habla a quien no conoce.

(…)
Muere lentamente
quien no voltea la mesa cuando está infeliz en el trabajo,
quien no arriesga lo cierto por lo incierto para ir detrás de un sueño,
quien no se permite por lo menos una vez en la vida,
huir de los consejos sensatos.

Muere lentamente
quien no viaja,
quien no lee,
quien no oye música,
quien no encuentra gracia en si mismo.
(…)
Evitemos la muerte en suaves cuotas,
recordando siempre que estar vivo exige un esfuerzo mucho mayor
que el simple hecho de respirar.
Solamente la ardiente paciencia hará que conquistemos
una espléndida felicidad.»

—Muy bello. Me halaga que lo hubiesen hecho pasar por mío —continuó Neruda soltando una leve risa.
—Sí —contestó el viajero—, es francamente bello y fue lo que me llevó a dejarlo todo y salir de mi pueblo, mi país, lanzándome a la ruta para llegar hasta este lugar.
—Y el resto de gente, tus familiares, tus amigos… ¿qué dijeron?
Que estaba loco.

Pablo soltó una carcajada y continuó.

—Sí, eso le suelen llamar a todos los que se mueven en una dirección distinta al resto. No te preocupes. Estás tan loco como para saber que eres el más cuerdo.
—No me considero un loco. Solo alguien que hizo lo que sentía que tenía que hacer. Además, mi camino me ha mostrado lo que ya dijo un cantante uruguayo, Viglietti, hace años:

«Qué lejos está mi tierra y sin embargo qué cerca,
o es que existe un territorio donde las sangres se mezclan.
Tanta distancia y camino, tan diferentes banderas,
y la pobreza es la misma, los mismos hombres esperan.
Yo quiero romper mi mapa, formar el mapa de todos,
mestizos, negros y blancos, trazarlo codo con codo (…).»

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—Ciudadanos del mundo, ¿no es eso? —respondió Neruda.
Ciudadanos del mundo, exacto, como ya me dijo hace tiempo una buena amiga llamada Andrea.
—Si Machado estuviese con nosotros, recitaría seguramente esto, es una de sus favoritas:

«He andado muchos caminos,
he abierto muchas veredas;
he navegado en cien mares,
y atracado en cien riberas.

En todas partes he visto
caravanas de tristeza,
soberbios y melancólicos
borrachos de sombra negra,
(…)
Y en todas partes he visto
gentes que danzan o juegan,
cuando pueden, y laboran
sus cuatro palmos de tierra.

Son buenas gentes que viven,
laboran, pasan y sueñan,
y en un día como tantos,
descansan bajo la tierra.»

—Desde luego, buenas y malas gentes, pero por mi experiencia, muchas más buenas —reafirmó el viajero.
—Por supuesto que muchas más buenas —continuó Neruda—,  el mundo no es más que un sinfín de almas bondadosas deseando ser felices.

El silencio y las olas llenaron el espacio y ambos permanecieron mirando hacia la lejanía del Pacífico sur.

Por fin, Neruda lo rompió, diciendo.

—Creeme, aun te queda mucho para Ítaca, mi joven amigo.
—¿Ítaca?
—Sí, la Odisea, ¿recuerdas?
—Sí, claro…
—Pues Ítaca, ni más ni menos, el destino, el fin último de Ulises. Pero no te voy a hablar en palabras de Homero sino de otro griego, Constantinos Cavafis.

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«Cuando emprendas tu viaje a Ítaca
pide que el camino sea largo,
lleno de aventuras, lleno de experiencias.
No temas a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al colérico Poseidón,
seres tales jamás hallarás en tu camino,
(…)
si no los llevas dentro de tu alma,
si no los yergue tu alma ante ti.»

(…)

Ten siempre a Ítaca en tu mente.
Llegar allí es tu meta.
Mas no apresures nunca el viaje.
Mejor que se extienda largos años
y en tu vejez arribes a la isla
enriquecido de cuanto ganaste en el camino
sin aguardar a que Ítaca te enriquezca.

Ítaca te brindó tan hermoso viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino.
Pero no tiene ya nada que darte.

Aunque la halles pobre, Ítaca no te ha engañado.
Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,
entenderás ya qué significan las Ítacas.»

El viajero, entonces, se levantó mirando a Neruda a los ojos.
—Tienes razón. Venir hasta aquí solo ha sido la razón para darme cuenta de cuál tiene que ser mi camino… Al llegar al destino que me mantuvo más de dos años en ruta mi alma entró en bloqueo… y no se dio cuenta de que es el camino el que me mantuvo constantemente con vida. Llegar hasta aquí solo era una etapa más.

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—Sabias palabras esas que dices. Entonces… dime, te hago la misma pregunta que tú me hiciste hace un rato ¿y ahora qué?
—Mi respuesta son estos versos:

«No te rindas,
no vendas tu esperanza,
a alguien al que no le pertenece,
a otro que no sepa utilizarla.

No mires hacia el suelo,
pues no verás qué es lo que pasa
allí donde está tu sitio,
donde el cielo nos devuelve la mirada.

No ahorques a tus sueños
entre unas manos heridas por la cizaña
y busca una sonrisa amiga que te abrace
para seguir construyendo esas alas
que te permitan seguir con tu vuelo,
que conduce a Ítaca, en la distancia.

No te entregues a la derrota
como si no fueses capaz de derrotarla,
y no te escondas tras los muros
que construyen los que se conforman
con ver el mundo desde su castillo
subidos en lo alto de su atalaya.

Y no te mueras,
no te mueras en esta vida
si estás llamado a resucitarla,
si estás destinado a construir aquello
que hace que algunos pocos
sigamos con la ilusión de querer contarla.»

—Bellos, muy bellos. ¿De quien son? No los conozco.
—Míos.
—¡Oh! Entonces este poema necesita un autor para que se conozcan. ¿Cuál es tu nombre, mi joven amigo?
—Mi nombre es Keral. Dani Keral y esta es mi voz.

Yo-holiMi nombre es Dani Keral y dejé mi trabajo en 2015 para experimentar una vida viajera. Soy fisioterapeuta, escritor de ilusiones, fotógrafo de instantes efímeros y viajero hasta la médula. Mi blog se llama Un Viaje Creativo y en él Arte, Imaginación y Viajes se mezclan para ocasionar severos cambios emocionales en el lector consistentes en taquicardias, sorpresas y sonrisas extremas. Estoy en Facebook, Twitter y Youtube. ¿Creas conmigo?

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¡HOLA! SOY ANDREA BERGARECHE

Desde hace más de 5 años vivo viajando y ayudando a mujeres como tú y como yo a ser más libres, fuertes e independientes.

9 comentarios en «El viajero y Pablo Neruda»

  1. ¡Qué hermoso post Dani! Conjugas perfectamente dos temas que me fascinan que son el viaje y la poesía, que hermoso recorrido hiciste para encontrarte luego con Neruda y tener esta conversa tan onírica y alegórica, y genial porque este no es el fin del recorrido, sino es la ruta que marca el comienzo, viajar siempre será hacia adentro, aunque físicamente nos traslademos hacia afuera; espero realmente que encuentres tu Ítaca y luego nos cuentes al respecto, entre poemas y mar me perdí en medio de tus letras y pude oler el mar y escuchar de pronto el silencio.
    Gracias por regalarnos un relato tan mágico y sincero.

    Responder
  2. Mil gracias a ti Dani por compartir tu arte en este humilde rinconcito! Es un placer gigante contar contigo y con tanto arte!!
    Sabes que eres siempre bienvenido y ojalá podamos crear juntos proyectos artísticos súper potentes y creativos!
    Abrazote de vuelta crack!

    Responder
  3. Mil gracias por dejarme un hueco en tu rinconcito, Andrea, ha sido un placer inmenso crear algo artístico para un espacio y un alma tan artística como la tuya.

    Creo que este relato salió así por tanta energía creadora concentrada.

    Un abrazote!!

    Responder

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