Carta de despedida que nunca termina | Vol. II: vuelta a casa

Este post es el segundo de la trilogía Carta de despedida que nunca termina. Si aún no has leído la primera parte, te recomiendo empezar por ahí para que ya luego puedas volver aquí: Carta de despedida que nunca termina | Vol.I: Adiós América

CIUDAD DE MÉXICO (27/09/15)


Y continúa, continúa esta carta de despedida que nunca termina porque ya ni se de qué me despido, solo se que quiero llegar, que se acabe ya por fin esta cuenta regresiva que consigue producirme ansiedad a la vez que me paraliza y me obliga a correr más.

Ya me fui de Cancún, Cancún quedó atrás aunque hace solo dos días hacía calor y tenía arena detrás de la oreja y ahora hace frío y ayer llovió y sentí bajó mis pies el asfalto de ciudad y parecía difícil creer que fue ayer cuando aún me estaba bañando en el mar. Y vuelvo a estar en DF de nuevo, esta ciudad llena de recuerdos que parece empeñarse en seguir igual aunque yo me haya ido tremendamente lejos y haya tardado en regresar. Creo que es pereza, DF me da pereza ya y lo escribo así y lo digo así, porque es como volver a un lugar que fue tuyo pero ya no es, un lugar lleno de recuerdos en el que ya, solo encuentras eso.

Es como un volver atrás cuando tú estás en otra perspectiva, cuando tú ya te estás yendo y sabes que por un tiempo no quieres regresar, así que la ves de lejos mientras un recuerdo te sorprende en cualquier esquina mientras caminas hacia la mezcalería para reencontrar y despedir al mismo tiempo lo que no son sino recuerdos. Y por eso quieres que se acabe ya porque no te gusta esta última fase de la cuenta regresiva que viene descendiendo hace casi dos meses y que está a punto de acabar. Y por eso, solo por eso quieres llegar. Y sentir que ahora sí estás en la tierra de nuevo y es la última parada y es por fin más bienvenida que despedida porque aunque sea a cinco horas de distancia esta vez sí te vas a quedar.

Y es bienvenida porque es ver a las viejas amigas aunque te vayas a volver a ir, pero sabes que están ahí y esta vez están solo a un autobús de distancia y no está tan lejos por eso es más bienvenida que despedida y eso te hace respirar. Porque sabes que ahora sí todavía es despedida, más despedida que bienvenida. DF no me da la bienvenida porque sabe que esta vez no me voy a quedar, que vengo solo de paso, que ni siquira quiero despedirme, que no se cuándo voy a regresar y que estas calles no tienen sentido cuando las paseo sola porque solo encuentro fantasmas y recuerdos que no tengo ganas de vivir de nuevo. Y de nuevo quiero que vengan otras cosas y que sean en otras calles y en otros escenarios.

IMG_0156Mi cuarto antes de partir de España por última vez y guardarlo todo en cajas.

Estoy pensando ya en mi habitación. Hace algunos días que pienso ya en mi habitación, en mi habitación blanca y azul oscura. En ese cuarto que hice mío hace un año y medio atrás, ese cuarto que volví a pintar para que tuviera un poco de todo, un poco de nada, un poco de mar. Y pienso más en él ahora porque cada vez está más cerca y lo se vacío, vacío como lo dejé después de meter lo más necesario (no son necesarias ni la mitad de las cosas que reencontré ayer en mis maletas) y empacar lo demás en cajas de cartón que fui a buscar al centro comercial y que dejé guardadas en el armario, bien empaquetadas.

Qué de cosas, qué de cosas encontré ayer en mis maletas, algunas que ni recordaba ya. Qué de cosas que me parecieron absurdas e inútiles de pronto después de siete meses sin apenas echarlas de menos ni un instante. Ropa, libros, objetos con carga emocional, material artístico, papeles, más ropa, más cremas, más cosméticos, más pinturas y más papeles de nuevo y hasta aretes en su cinta y que poco he necesitado en este tiempo todo eso.

Que terquedad tenemos en acumular y que poco necesitamos y ahora eso es un problema porque no se ni cómo ni dónde me lo voy a llevar y no quiero pagar sobrepeso. Y que pereza me da sacarlo y verlo y reencontrarlo y reordenarlo de nuevo. Y que de res y es que me dicen que tengo acento argentino después de estos meses de viaje aunque yo siento que he recuperado mi acento mexicano de nuevo.

Y esta mañana me he despertado desubicada después de ir ayer a la mezcalería y soñar una pesadilla. Y me he levantado sin saber dónde estoy aún sudando con las imágenes del sueño balanceándose. Y menos mal que he abierto el ordenador y he encontrado un email de mi madre que llevaba días sin escribirme y ha sido como un bálsamo para el mal sueño y el desubicado despertar. Porque las palabras a veces son cuentos que alivian y mecen el alma.

“Después de leer Lápiz Nómada, mi cuerpo y mente se vuelven un flan, siento tu inquietud y te siento lejos cerca, te siento, déjate llevar, no des nunca por zanjado nada, todo puede volver a empezar… cuanto te añoro y a la vez como me gusta tu libertad.

Te deseo mi amor, no sufras, en el camino hay idas y vueltas, la vida es como una tortilla que da vueltas y todo cambia en un minuto. Creo que esta bien que vuelvas a ver a tus seres queridos, algunos lo necesitan pero sé también que será una bienvenida – despedida. Eres gaviota de mal posar.

Tu madre siempre te estará esperando con los brazos abiertos para volver a dejarte escapar.

Y sus palabras me calman un poco, me recuerdan que no es un adiós, que es un hasta pronto, que soy gaviota de mal posar que antes o después volverá a escapar.

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MADRID (9/10/2015)


Esta quiere ser una última carta de despedida, o penúltima al menos. Ya no siento ganas de despedirme, había olvidado la posibilidad de que lo mejor del viaje estuviera al final o, incluso, en la vuelta a casa. Aún no he llegado, estoy ya en el último tramo, dejando pasar los días en una espera que ya no pesa. Ya se dónde voy y ya se que voy a llegar. Estoy tranquila, disfrutando por fin de estos momentos sin prisas. Experimentando la alegría de volver a casa a la vez que descubro algo de lo que hasta ahora no había sido consciente, al menos no así.

No hay fronteras, ya no hay fronteras. Las barreras se han difuminado, se han expandido, al menos para el oeste. Ya no parece tan grande el oceano atlántico, ya no son tan inmensas las distancias. Ya no hay ese aquí y ese allí que me confundía tanto a mí misma y a los demás. Ya no hay ese abismo que crucé aquella primera y segunda vez, ese salto que parecía de no retorno y que tanto me llegaba a asustar.

13/10/2015


No termino nunca, sigo y sigo escribiendo esta carta de despedida y sigo, sigo aquí, en Madrid, una semana más tarde de mi llegada. Empiezo a pensar que me estanco en los lugares o que en todos me siento ya como en mi casa. Rápido hago rancho que dirían por Argentina.

Sigo en Madrid y no pesa pero algunas dudas empiezan a aflorar. Y ya estoy pero no estoy porque aún sigue sin ser mi espacio, aún sigo estando de prestado. Y crece un poco esa necesidad, el anhelo de mi cuarto azul y blanco, el momento de llegar, de abrir las maletas y vaciarlas por completo de una vez, dejar las cosas en el armario, en su respectivo lugar y guardar las maletas a buen recaudo para que por un rato puedan descansar.

Y volver a poblar mi cuarto. Y llenarlo de mí otra vez. Inundar sus espacios, las paredes. Volver a hacer de él mi hogar, mi guarida, mi refugio, ese espacio de intimidad en el que hablar sola conmigo misma y sopesar y entender y resolver las dudas y las cuentas de las que ya me quiero desprender para empezar a construir las cosas bien. Y hacerlo de a poco y sin prisa con la conciencia de que todo va a llegar dejando los miedos atrás.

Porque si puedo recorrer varios países sin echar la vista atrás bien puedo seguir ahora construyendo desde la calma que no avisa tempestad sino despertar. Aunque no me gusta esa palabra que suena a manual de autoayuda pero no me sale otra mientras escribo con velocidad. Y no importan las palabras porque son solo certezas que se enmarañan sin cesar y que dentro de poco va a ser tiempo de desenredar en las horas muertas de la madrugada a la luz de las velas y el concierto del sonido de mi propia soledad y su respiración acompasada mientras tras la ventana la lluvia juega sus juegos en las oscuras aceras y tú sales a mojar los pies y ver el mar.

Hay mucho y eso es algo que he aprendido. Algo que me han preguntado mucho estos días, las viejas amistades, los viejos conocidos, es con qué me quedo, cuál es el aprendizaje más importante que me llevo. Y no es uno, son varios, y según quién pregunte resalto una u otra cosa pero hay un par que quizás sí valga la pena remarcar porque son hoy ya parte de mí y se han convertido en significantes que me ayudan a seguir.

-Que puedo sola, que soy fuerte, que no necesito atarme a nadie ni nada para ser feliz. Viajar durante más de siete meses con dos mochilas que pesaban casi la mitad de mi peso a la espalda y hacerlo sola, hacerlo a dedo, dormir en casa de gente local, caminar kilómetros y kilómetros sin parar, comer cosas que siempre dije que no iba a probar, conocer lugares que ni sabía dónde están, dormir en el suelo, o en un colchón inflable o compartir cama con alguien que acabo de conocer y despertar y cotorrear con otras personas más e ir y venir y seguir y ver los momentos malos llegar y enfrentarlos sin miedo y demostrarme así que puedo, que puedo sola, que no hay porque tener miedo, que no necesito atarme a nada para tener esa sensación de seguridad. A nada ni a nadie porque siempre habrá alguien dispuesto a echarte una mano y no necesitas de alguien siempre a tu lado que refuerce quien eres o cree una imagen de ti. Puedo sola y solo en mí está mi seguridad, mi fuerza, mi valor. Solo en mí está eso que me completa y ya no hay miedo.

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-Que donde vayas hay alguien dispuesto a darte la mano. Esto ha sido uno de los descubrimientos que más me han gustado. Descubrir que el mundo, a pesar de lo que puedan contarnos, no es un lugar extraño, al contrario. El mundo está lleno de gente igual o similar a mí, gente con los mismos miedos, las mismas inseguridades y contradicciones, los mismos dilemas morales o similares. Gente con ganas de aprender, con ganas de compartir, con ganas de echarte una mano para todo aquello que puedas necesitar y hacerte sentir así que cualquier lugar del mundo puede ser tu «casa» si sabes encontrar la compañía adecuada.

Y acerca de la vuelta debería decir algo más en esta noseyaquénúmeroes carta de despedida. Algo que se ha hecho notable y que ya traté de apuntar al principio de esta carta de despedida aquí en Madrid que tuve que dejar a medias porque las certezas me lograron agobiar por un momento y mi cabeza echó chispas y preferí salir al salón a cotorrear y despejar, pero que igual desde ese momento se hizo presente y he sido capaz de verbalizarlo ya a los demás cuando me han preguntado por la sensación que me provoca este regreso que difiere mucho de los anteriores aunque guarde aún algunas similitudes básicas ya modificadas por el paso del tiempo y las distintas circunstancias.

Ya no hay miedos, ya no hay miedos en este regreso porque esta vez tengo claro a dónde vengo y a qué. Y ya no siento las fronteras como abismos. El océano atlántico ya no me parece tan inmenso. Cruzarlo ya no da tanto pavor y no hay esa angustia que me entraba cuando dejaba alguno de los dos lados atrás.

Las fronteras se han difuminado y los abismos no parecen ya sino pequeños saltos. Ya no hay aquí o allí. Me he encontrado con gente de los dos lados indiferentemente de un lado o del otro. He viajado con una de mis amigas de Bilbao por Colombia, la he visto en su nuevo hogar en Argentina. Me he reencontrado con Edy, mi amigo paraguayo que conocí en mi pueblo y reencontré en Paraguay en este viaje y que para mí felicidad vuelve a estar de nuevo aquí y con aquí me refiero al lado del charco desde el que ahora escribo.

Me he reencontrado con amigos mexicanos ahora en Madrid y los he reencontrado en «mi país». Y todo eso me demuestra que lo que un día fue un abismo ya no lo es. Las fronteras se han difuminado o será que los vuelos ahora están más baratos o que es mayor nuestro poder monetario (al menos el mío no). Pero eso me hace sentir más tranquila y volver con la confianza de que soy gaviota de mal posar que antes o después se volverá a marchar y que ya no hace falta irme tan lejos porque lo que un día fue lejos está también y cada vez más hoy aquí.

*Si quieres leer el tercer y último post de la serie «Carta de despedida que nunca termina», puedes leerlo aquí: Carta de despedida que nunca termina | Vol.III: ¿es una despedida?

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Desde hace más de 5 años vivo viajando y ayudando a mujeres como tú y como yo a ser más libres, fuertes e independientes.

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