8 días recorriendo el valle de Langtang |Crónica de un trekking en el Himalaya

¿Estás pensando en hacer un trekking en Nepal? Si me sigues en mi Instagram, donde voy contando mi viaje #lápiznómadaenasia a tiempo real, sabrás que los últimos días los he pasado haciendo un trekking de 8 días en el valle de Langtang, al norte de Katmandú, en la imponente cordillera del Himalaya, el sueño de los viajeros más aventureros.

En el post «Trekking de Langtang: info útil» tienes toda la info que necesitas para realizarlo, incluyendo permisos, ruta, cómo llegar, qué llevar y mucho más.

Han sido 8 días de largas caminatas muy por encima del nivel del mar al que estoy acostumbrada, viendo como iba cambiando el paisaje a medida que aumentaba la altura, mis piernas se iban poniendo en forma y en mis pies salían un par ampollas.

Si tú también te estás planteando hacer un trekking en el valle de Langtang, el próximo lunes (mientras yo estaré recluida en un retiro de meditación Vipassana) saldrá publicado un artículo que ya he dejado programado con toda la info útil que necesitas: ruta para 8 días, permisos necesarios, presupuesto y otros consejos que te serán de mucha ayuda para el trekking de Langtang.

De mientras, te dejo con una crónica de mis 8 días de trekking en el valle de Langtang, en donde te cuento mi experiencia día a día así como las emociones que fui experimentado a lo largo del valle.

Una experiencia muy intensa que me ha hecho desconectar por unos días de las redes, el internet y el “mundo real” para volver a conectarme conmigo misma, con mi diario y con la tierra que piso, la tierra que soy, las montañas.

8 días de trekking en el valle de Langtang


Termino de preparar la mochila desde este mismo cuarto desde el que escribo o desde uno en el piso inferior, pero con el mismo decorado. Hace 9 días que partí para emprender mi contacto con las montañas del Himalaya, en el valle de Langtang.

Y lo escribo y lo pienso y me sigue sonando como a película, esas películas de las tardes de fin de semana donde los protagonistas se aventuraban con osadía y a veces no tan buen suerte a tratar de encaramarse a algunos de los picos más altos del planeta.

Yo no he sido tan intrépida y de hecho mi intento de subir a Tserko Ri, el pico más alto del valle de Langtang, con sus casi 5000 metros (4.985m), se quedó frustrado en parte por la pereza, por mi humor huraño de los días que me levanto con el sonido del despertador, por el frío viento que se arremolinaba en mis oídos y por el pensamiento de que un pequeño resbalón o trompezón podía mandarme abajo y no tenía forma de comunicarme.

Y aún así, mientras paso las elegidas fotos de estos días al ordenador, no puedo pensar que también las fotos que he sacado parecen de película, sorprendiéndome aún de haber estado allí, de haber sido quien apretase el disparador e hiciese el click.

Pero volvamos al principio, para tratar de poner un orden cronológico en los 8 días de trekking en el valle de Langtang que en mi cabeza son como una bola de fuertes e intensas emociones, de una sensación de que todo está bien, en su sitio, una sensación de paz ante ellas, las montañas.

Día 1 en el valle de Langtang


El primer día partí sin ganas, peleándome con el despertador como todas las mañanas. A mi espalda, la mochila que había preparado la noche anterior con lo justo e indispensable para sobrevivir en las montañas: un par de mudas –una para las horas de caminata y otra para tener un cambio al llegar–, un neceser básico con la crema hidratante, la solar y la dental, el cepillo de dientes, un par de ibuprofenos, un peine y bálsamo de tigre, metido en una ligera bolsa de tela que me dieron en Pushkar.

También cargaba con el diario, el libro electrónico, el chubasquero rojo, las gafas y la gorra para el sol, así como mi pañuelo azul, ese trozo de tela que compré a metro hace años ya en Playa del Carmen, México. Bacilé mucho si llevarme el cuaderno y los colores, pero finalmente cargué con ellos, prometiéndome usarlos en algún momento. Creo que dibujé un solo día por la promesa que me había hecho y por no sentirme estúpida por haber cargado el peso.

Eran las 11:30 cuando configuré la ruta en mi teléfono y eché a andar, dispuesta a recorrer los casi 10 kilómetros de subida que me separaban de Sherpagaon. No sabía muy bien qué es lo que iba a encontrarme, pero después de bajar la polvorienta carretera y de cruzar un puente, dos senderos de tierra me esperaban, uno a derecha y otro a izquierda. Dos carteles indicaban adónde llevaba cada uno de ellos. Siguiendo el cartel y el mapa, me dirigí hacia la izquierda, por ese pequeño sendero que zigzagueando, empezaba a ascender.

El calor pegando sobre mi gorra negra, mi piel con perlas de sudor, mi mente maldiciendo, preguntándome quién me manda meterme en semejantes berenjenales y cuál es la necesidad de sufrir mochila a la espalda sudada subiendo por caminos, como si no tuviera montañas y caminos en casa. Voy buscando sombras donde parar a respirar pero parecen esconderse debajo de las piedras con este sol cenital.

Poco a poco voy ganando altura y asombrándome de lo lejos que empieza a quedar Syabru Bensi mientras pienso que, realmente, como decía Bobo, estoy subiendo a lo alto de la montaña que se veía desde la Guest House, a pesar de que hace un rato le escuchaba mientras me indicaba como si me estuviera contando historias de su antigua vida.

Una camino amplio de tierra para carros, me desoriento, el mapa me manda a través de la montaña hasta que empiezo a ver los pequeños senderos e imaginarme algunos de ellos, mientras acabo peleándome con las plantas para ascender. Mis ojos van buscando un palo, el palo ideal. Ya he cambiado dos veces, el primero era pesado y el segundo estaba cortado en cuña.

Llego por fin a Khangjim, una señora me salé al encuentro para ofrecerme un té y yo le acepto una Coca-Cola, que aunque me cuesta 120 rupias, me sabe a gloria, especialmente acompañada de los cacahuetes que llevo en la mochila desde que aquella niña entró a venderlos en una de las paradas que hizo el autobús que me trajo hasta la puerta de este valle desde Katmandú. Aprovecho también para leer y me maldigo de nuevo pensando que si madrugase más tendría más tiempo para pararme en el camino a leer, a disfrutar y no ir con la prisa de que me queda un montón de camino y de que voy con la lengua afuera y de que a este ritmo en el que peleo conmigo misma entre avanzar y parar, no voy a llegar.

Pero después de plantearme por un rato quedarme en Khangjim y pensar luego incluso en hacer vivac, consigo llegar. Se me ensancha la sonrisa que, sin darme cuenta, hace un rato se me ha empezado a dibujar. Me gusta el palo que me he encontrado, el cual con la navaja he pelado, para que no me raspe en donde he decidido que sería la empuñadura. El camino se ha vuelto más amable ahora que he pasado la parte más dura de subida, el sol ha empezado a aflojar y las vistas, ahora que he salido de los árboles, se han hecho más grandes.

La recompensa de este primer día, quizás el más duro, compitiendo con el último, es el cariño de Pemba, esa mujer de rasgos anchos y grandes mejillas que desde que llego me dibuja una sonrisa. Se sorprende cuando me dirijo a ella por su nombre y me abraza grande cuando le digo que vengo departe de Itziar y Pablo, de Un gran Viaje.

Conversamos un rato y pronto estoy dándome una ducha de cubo, esas que tanto me gustan porque me trasladan a mis más intensos viajes. Al desierto, a México. Tanto disfruto que con un cubo me lavo el cuerpo, el pelo y froto también las prendas sudadas tras la caminata, para tenerlas limpias a la mañana siguiente.

Pemba preparando la cena

Para la cena, Pemba prepara una rica sopa “Sherpa stew” en la placa de hierro que sirve de chimenea y cocina. Pica primero cebolla, echa después varias especias y un par de puñados de patatas en dados. Lo rehoga todo un poco y luego le echa agua, a la que añade unas hojas de verdura verde que desconozco lo que es. Lo deja cocinarse un rato mientras en un bol mezcla agua con harina, que luego aplana con el rodillo en la tabla de madera, antes de cortarlo en fideos y añadirlo a la sopa, a la que también añade unos pedazos de carne de yak seca. El resultado es una deliciosa y potente sopa que me ayuda a recobrar energías al calor de la chimenea.

Día 2 recorriendo el valle de Langtang


La mañana siguiente duermo como un bebé y me levanto agradada por el abrazo de ese edredón que me parece maravilloso y en donde dormito aún un rato más, disfrutando de los pequeños placeres: el abrazo del edredón, la sensación tersa de la piel de mi vientre, la luz que entra por la ventana.

Sé que Pemba no está porque ha partido en la mañana temprano rumbo a Langtang, a vender su vino de arroz artesanal. Es su marido quien, con Tsenzeg en brazos, el bebé, aparece alrededor de las 12 del mediodía en mi puerta a ver si me ha tragado la tierra o está todo bien. Yo sonrío y cuando se va aprovecho para levantarme, estirar un poco el cuerpo y prepararme para esta nueva jornada de caminata, totalmente descansada.

La emprendo a las dos de la tarde, después de desayunar un café solo y una tortilla francesa que el marido de Pemba prepara para mí. Como no encontraba mi palo, que dejé dentro ayer, me corta a medida un palo de bamboo, que será el que me acompañe el resto del camino. Al despedirme me regala un pañuelo blanco que me pone al cuello indicándome que es buena suerte para el trekking.

El segundo día recorriendo el valle de Langtang me es más fácil que el anterior. Tras haber subido a Sherpagaon ahora desciendo hasta encontrarme con el río, donde los árboles me ofrecen sombra y un camino que me recuerda a las excursiones que hacía en mi infancia, por mi tierra asturiana. A ratos asciendo, pero la subida es más suave que ayer y mi humor también. Me siento más cómoda y camino más ligera, llegando con las últimas luces hasta las nuevas Guest Houses que han construido un par de cientos de metros más allá de Ghoda Tabela, uno de los poblados que han quedado totalmente derruidos tras el terremoto de 2015. Ya casi sin luz, decido hacer noche.

200 rupias la habitación, 200 rupias el balde de agua caliente que regateo a 100, 600 rupias más por un plato de dhal bhat que consigo dejar en 400. Echo de menos a Pemba. La cocina esta vez está fuera y la zona común es una habitación de madera con ventanas en tres de sus lados y una chimenea al centro. Un grupo de jóvenes nepalíes ríen aún con las cazadoras puestas y un vaso de metal lleno de agua caliente en la mano. Sentado en una de las mesas hay un chico rubio con pinta de europeo que escribe concentrado en una libreta. Yo aprovecho para dibujar.

Día 3 en el valle de Langtang


Ruidos, cansancio, miro la pantalla del teléfono, 05:56 de la mañana. Pasos que parecen de elefante, voces que ríen y hasta alguien que canta. Maldigo aún adormilada mientras trato de dormir de nuevo, sin éxito y cada vez más enfadada. Los tapones que me regaló la chica vasca en Katmandú no oponen suficiente barrera y doy vueltas en la cama tapándome los oídos y mascullando entre los labios hasta que, a las 7, vencida, salgo a desayunar. Un café y una tortilla de un solo huevo antes de volver a la cama, ahora sí, hasta la una del mediodía, donde ya de otro humor me visto, tomo otro té y empiezo a caminar.

Una hora después me encuentro a Pemba, que vuelve caminando despacio. Me dice que le ha ido bien, pero que las zapatillas le molestan en los pies, por lo que camina despacio. Me pregunta adónde voy y le digo que quiero llegar hasta Kyanjim Gompa, pero niega con la cabeza, diciendo que solo me va a ser posible hasta Mundu, donde me recomienda quedarme en Golden Guest House. Luego nos despedimos mientras me dice que pase por su casa a la vuelta.

El tercer día es el que más disfruto. El camino se ha vuelto más llano y mi paso más ligero. Mis pies caminan más decididos que los días anteriores y parecen llevarse mejor con mis botas, que aunque pesadas, me permiten caminar rápido entre las piernas y adherirme a la tierra.

Las montañas redondeadas llenas de vegetación empiezan a dar paso a cumbres más escarpadas y las montañas pintadas de blanco empiezan a aparecerse al final de la vista, llamando al caminante e instándolo a continuar, como un canto de sirenas conduciéndote a una isla desierta.

Cruzo un río que aunque no muy ancho va rápido y cae en vertical ladera abajo. Dos piedras y una madera es el paso. Un rato más tarde me sorprendo porque lo que parece un desprendimiento de piedras es una lengua de hielo, por la que el sendero, inquebrantable, vuelve a zigzaguear, distinguiéndose entre el blanco teñido de ocre.

La sensación ha cambiado, las montañas blancas se han vuelto más presentes, más cercanas. El valle ha cambiado, ya no hay bosque. Empiezan a aparecer un par de stupas y la montaña me regala un hermoso e inusitado atardecer. Pienso que levantarse tarde tiene algunas ventajas. El camino se abre solo para mí y algunos porteadores, sin grupos de turistas con su tráfico y su ruido. Vivo los atardeceres andando, alumbrando ahora el alto blanco, tiñendo las cumbres de colores naranjas, rojizos, amarillos. El paisaje cobra una tonalidad irreal, de nuevo, como de película.

Y más allá de otro río que cruzo en un puente y del riachuelo que me hace investigar dónde he de cruzar, de algunas subidas más, aparece Kyanjim Gompa, un buen puñado de casas que en los últimos años parecen haber cogido altura con sus tejados azulados. El mapa que me indica donde está mi Guest House me hace darle una ridícula vuelta circular al pueblo, pero ya sin la prisa de que caiga la noche sabiendo que he llegado a destino, le doy la vuelta curiosa, viendo qué hay en éste, el pueblo más alto del valle de Langtang.

Kyanjim Gompa

Reparo en que los nombres de las Guest Houses no son muy originales y en que aquí parecen haber germinado las panaderías. Son cuatro, pero para un pueblo tan pequeño y teniendo en cuenta que no he visto ninguna en el camino, es una cantidad muy numerosa. Yo en seguida elijo cuál es mi favorita, para volver como cliente fiel todas las tardes en busca de tarta de chocolate.

Kyanjim Gompa y las montañas


Me gusta estar en la cocina, sentada junto a la chimenea. Jhandu, el dueño, a veces me habla en inglés. Otras me siento simplemente a escuchar las conversaciones que no entiendo. Sobre todo alrededor de las 7 o 8 de la tarde, cuando llegan siempre puntuales tres muchachos que deduzco que serán porteadores o trabajadores a por su plato de dhal bhat. El último día, camino al glaciar, descubro que el de la coletilla y la banda en la cabeza se dedica a picar piedras.

Pasa el día sentado frente a un montón de piedras, las pequeñas, ya picadas y las grandes, aún por picar. En sus manos, dos herramientas. Un rudimentario martillo en la derecha y en la izquierda, asido a un mango de madera, un círculo de hierro dentro del cual pone la piedra y empieza a pegar, para que no se vaya a escapar.

Una de las tardes juega el Barcelona contra el Liverpool en la televisión de la cocina. Gracias al satélite cogen un montón de canales desde India. Uno de los días vemos también al gringo ese que se enfrenta contra la naturaleza, cazar un pez. Yo aprovecho para preguntar si no pescan en el río y Jhandu me explica que el río es tan frío y baja con tal presión y velocidad que no hay nada que pescar.

El primer día, al llegar, Artom está sentado a la mesa comiendo su plato de dhal bhat. Es un ruso de Moscú que lleva ya nueve meses viajando, principalmente en Goa, India. Al principio lo confundo con un local, seguramente por la capucha que le cubre la cabeza y por su porte lánguido y delgado. Cruzamos unas palabras cuando yo también me siento a la mesa, hambrienta, pero no es hasta el día siguiente, cuando, a punto de empezar yo mi caminata diaria rumbo al valle de Langshisa Kharka, aparece recién bajado del Tserko Ri, el pico más alto. Ansioso de seguir explorando y caminando, me pregunta si puede acompañarme.

Así es como caminamos rumbo al valle juntos, al principio más despacio, hablando con un inglés bastante infructuoso. Luego ya nos sumimos en nuestros pensamientos y en la contemplación del paisaje y aceleramos el paso, para parar en un par de ocasiones a contemplar la fuerza de las montañas, codo con codo.

Artom caminando rumbo al valle de Langshisa Kharka

La lengua de piedras blancas que precede al río, dándole un toque planetario al paisaje, el río, que nos hace dudar, con su fuerza y ese impulso que lo arrastra valle abajo. Las montañas, como una promesa al otro lado, llamándonos. El sendero que empieza a dibujarse en las faldas de la montaña a nuestra izquierda y que paciente asciende, a veces más llano y a veces más pequeño. A ratos el sendero llega a tierra llana y se desdibuja, se bifurca, juega a separarse y reencontrarse, jugando a rodear las piedras. Artom y yo nos sentamos en lo que parece pasto pero no es sino tierra con pequeños puntos verdes que resisten el frío viento que pega sin descanso a partir del mediodía.

Unas flores moradas que me recuerdan que es primavera antes de quedarme embelesada mirando las cumbres blancas, sintiendo la fuerza, sintiéndome pequeña, ínfima y a la vez plena. Admirando la fuerza y la grandeza, el respeto que estas gigantes proyectan. Locos los que intentan conquistar la naturaleza.

Los siguientes dos días dejo que la energía de las montañas me recorra entera. No hago mucho, no camino mucho. Solo cruzo de nuevo el endemoniado río rumbo a Tserko Ri, a la ida descalzándome, para no volver a meter ambos pies en el agua como la otra tarde. A la vuelta, decido que el agua está muy fría para descalzarme e intento saltar como el otro día, esta vez con más decisión y por tanto éxito, consiguiendo volver con las botas secas.

También voy a observar el glaciar, esa masa azul que se ve congelada entre dos montañas, desafiando a la gravedad. Toneladas de agua congeladas, como un río que se ha quedado de pronto parado en el tiempo y muy frío, dejando entrever todavía un rastro de movimiento.

Me acompaña por las noches Isabel Allende y la última, una fuerte lluvia que golpea en el tejado y me obliga a salir para recuperar la ropa que he lavado y colgado, esperando que esté seca mañana por la mañana. Mala noche para hacer la colada.

Día 7: emprendiendo la vuelta


La mañana siguiente toca partir aunque la ropa aún no está seca. La tiendo de nuevo esperando que estos perezosos rayos de sol que salen a ratos la sequen con un poco de calor. Hoy Jhundo no está, se ha ido por la mañana caminando a Langtang, ya que para ellos y según su calendario, hoy es el aniversario, hoy se cumplen 4 años desde el terremoto que azotó esta zona en 2015 y, debido al cual, los padres de Jhandu fallecieron, con 68 años su padre y 64 su madre.

Hoy es día de ducha para Phentzum, su mujer. Pasado ya el mediodía y cuando yo ya he acabado de desayunar, se dirige a darse una ducha. Antes se queda aún un rato en ropa interior y con el largo pelo suelto, charlando en la puerta con una vecina. Cuando le apunto con la cámara y le pregunto si puedo sacarle una foto aprovechando que tiene el pelo suelo, como una niña chiquita se baja la especie de falta que le viste, enseñándome el pecho desnudo mientras hace una mueca de traviesa. El momento es rápido y no me pilla preparada, así que no lo capto y cuando termina me dice que espere a que se lave la melena para fotografiarle.

El sol va secando poco a poco mi ropa y Phentzum aprovecha para peinar y secar su larga melena al sol. Compartimos un café con leche sentadas frente a frente mientras insiste a ratos en inglés y a ratos en tibetano en que le cambie mis botas por esas rosas que consiguió que algún otro turista le regalara. Insiste con tenacidad, como lleva haciendo desde el primer día, cuando me preguntó si podía probarse mis zapatos y al ver que le cabían, me pidió a ver si podía regalárselos. Como no tuvo suerte, luego lo intentó con las botas, esta vez proponiendo el cambio. He vuelto con mis zapatos pero también con la promesa de que si un día vuelvo, le lleve unas botas, a poder ser azules. Y que os diga también que si vais os quedéis en su Guest House y le llevéis unas botas, que ahí os las paga.

Casi a las dos de la tarde y con la ropa seca, emprendo la vuelta, intensa. Una fuerte energía me acompaña y mis pies se mueven prestos, mi ánimo ágil y el sendero parece más fácil de vuelta. Ya no hay necesidad de seguir el mapa, solo de ir tachando de la lista mental los distintos accidentes que tengo que atravesar. La lengua de hielo, el río, la ladera de piedras con riesgo de desprendimientos. El pueblo de Mundu, arriba, Langtang más abajo, las stupas.

Voy rápida pasando por cada uno de ellos. El camino de bajada es más fácil y rápido, también lo son mis pies, aunque ya se resienten de algunas ampollas que han ido creciendo estos días y que ofrecen un dolorcillo que no es incómodo, que solo me recuerda lo real del momento, el placer que acompaña a veces al sufrimiento.

18 kilómetros en cuatro horas y media y una tarde que empieza a caer antes que los días anteriores y que empieza a complicar mi plan de llegar hoy hasta Lama hotel o hasta Rimche. El cielo nublado y los árboles empiezan a dificultar la visibilidad y agradezco a la capacidad de mis ojos y a mi infancia de montaña porque aun con poca luz distingo una piedra de un tronco y soy capaz de seguir esquivándolos y poner los pies en el sitio perfecto para no caer, incluso a esta velocidad que empiezo a aumentar viendo que la noche se aproxima rápido y no voy a llegar y en el cielo se empiezan a dibujar los relámpagos.

Un relámpago, otro, otro más. La tierra frente a mí se ilumina de un chispazo cada pocos segundos. Me quito los auriculares para oír el concierto de truenos. Las gotas se empiezan a hacer más gordas, más pesadas, caen más rápido y con más fuerza así que paro, me enfundo el chubasquero y pongo el cubremochilas a una mochila que está ya bastante mojada. La lluvia es más fuerte de lo que pensaba.

Cuando acabo el procedimiento me doy cuenta de que la noche ya se ha hecho bastante cerrada y que además de los frecuentes relámpagos y truenos, llueve con fuerza. El mapa me dice que me queda media hora para llegar así que me decido a sacar el móvil y poner la linterna aunque se moje y voy todo lo rápido que dan mis pies, tratando de no resbalar ahora que las piedras y el camino está mojado. Es tarde, es de noche y llueve. Si tengo una mala caída, aquí no me encuentra nadie hasta mañana a la mañana.

Me gusta caminar por el bosque cuando cae la noche, pero esto se está empezando a poner complicado. Aún así reconozco que me gusta la adrenalina del momento y que mis pies parecen volar por el oscuro y mojado suelo. Para eso el palo es mi mejor aliado, que se ha convertido en esta aventura en un compañero callado. Me ayuda a equilibrarme, me ayuda a subir los escalones más grandes y hasta me ha servido de rudimentario mando a distancia para apagar la luz por las noches.

Bajadas de piedras empinadas, mojadas. Parece que no voy a llegar nunca a Lama Hotel, aunque lo recuerdo cerca. Una parte de mí quiere seguir hasta Rimche, por eso de que será menos turístico y estará menos lleno. Solo está a medio kilómetro de distancia pero la parte prudente de mi cabeza le hace prometer a la otra que pararemos en Lama Hotel, porque es de noche, está lloviendo fuerte, no tengo ninguna forma de comunicación y aunque sea solo medio kilómetro, se puede poner complicado, más de lo que lo está ya.

La lluvia es ahora un chaparrón que ha empapado mis mallas y ha empezado a meterse por mis botas. Por suerte veo la primera luz a la distancia y sin dudarlo me dirijo a ella, aunque está todo tan oscuro que no sé si es una Guest House o una casa particular, pero no importa, porque con esta lluvia necesito refugio y lo necesito ya.

Intento abrir la puerta mientras el agua que cae del tejado me moja entera. Está cerrada con alguna tranca, así que toco y la puerta tarda en abrirse un tiempo que se me hace largo y hasta me hace plantearme seguir caminando en busca de la siguiente luz. Pero la puerta se abre y aparece Lía, con su cara sorprendida y sonriente. La misma que veo al entrar en el resto de rostros que se apilan alrededor de la cocina, del fuego. Me hacen sitio rápidamente en el centro, mientras yo dejo la mojada mochila en un costado y me quito el chubasquero. Me preguntan de dónde vengo mientras asienten impresionados y me preguntan si no me da miedo andar sola por el bosque cuando es de noche.

Rassu, el cocinero encargado va a ver si hay alguna habitación libre mientras yo me caliento junto al fuego. Vuelve un rato después; he tenido suerte. Me acompaña a la que será mi habitación y yo le pido una de mis favoritas duchas de cubo, para quitarme la ropa mojada y ponerme una muda seca.

Ya duchada y con una moda de ropa seca, me dispongo a cenar. De nuevo una sopa Sherpa Stew, solo que esta vez sin la dura carne de yak. El resto de la noche lo paso conversando con Rassu, el cocinero, que me cuenta su vida, su infancia y las ofertas de trabajo que tiene por delante. También con un guía que con un perfecto inglés me pregunta por mi larga caminata, por mis viajes anteriores, por el hecho de que viaje en solitario y por cómo hago para financiar estas locas aventuras por el mundo desde hace 4 años, mientras hace de intérprete traduciendo todo lo que le cuento al resto de los oyentes que de vez en cuando sonríen, asienten, ponen cara de sorpresa o aprueban las palabras con la cabeza.

Cuando llega la hora de dormir para los demás me retiro a mi habitación, donde con la excusa de estirar este cuerpo cansado, acabo haciendo una de las sesiones de yoga más largas y demandantes desde que estoy de viaje. No sé si sea por eso o por los 18 kilómetros de caminata, pero al día siguiente me levanto con agujetas y con todos los músculos del cuerpo cansados, al punto de que parezco Robocop subiendo las escaleras a mi habitación para ir a preparar la mochila después de desayunar.

Día 8


Por suerte me quedan solo 9km de camino para volver a Syabru Besi que, según Rassu, me llevarán unas 4 o 5 horas. Pienso que puedo hacerlos en 4 o incluso 3 y media, pero no tengo en cuenta que tengo el cuerpo cansado y me es imposible mantener el ritmo con el que caminé 18km el día anterior.

Maldigo cada vez que me encuentro una pendiente llena de piedras y tengo que alzar la pierna, mientras la rodilla me manda señales de que no quiere seguir trabajando el día de hoy. Paro cada pocos segundos con la excusa de contemplar el paisaje, ya que es mi último día en el valle y quiero absorber todas las imágenes, todo el paisaje, la poderosa energía que emana este lugar.

Camino por el mismo camino que a la ida hasta que en un momento, sin darme cuenta y siguiendo las indicaciones del mapa, llego a un tramo nuevo, al camino que no recorrí el primer día ya que fui hacia Khangjim y Sherpagaon, en lugar de ir por la ruta más fácil, junto al río. En un momento un puente me obliga a cruzarlo y por primera vez, camino en la otra ribera de este río que según baja por el valle de Langtang va adquiriendo un color ocre.

Voy sumida en mis pensamientos y acompañada por la música, que hoy parece no terminar de convencerme provocando que pare cada pocos minutos en busca de otra banda que me acompañe hoy. El camino no es llano, las bajadas son pronunciadas, igual que las subidas, las cuales pensaba que había dejado atrás. El medio ibuprofeno que me he tomado esta mañana tras desayunar un par de huevos y una chapati, no termina de relajar mis cargados músculos.

Avanzo, pero lo hago despacio. Los kilómetros que tengo por delante van disminuyendo pero no la estimación de tiempo que en vez de hacerse más corto va subiendo. No sé por qué me cuesta tanto este último día de vuelta. Será mi mente y mi cuerpo, que a pesar de la promesa de que me espera una fría cerveza y conexión a internet, no tienen ganas de volver.

De dejar atrás el valle de Langtang, ese remanso de paz al que me lancé protestando, pero que día a día ha ido metiéndose por todos los poros de mi cuerpo, en mis palabras, en mi pensamiento.

Mis libros, las montañas, la chimenea, un bolígrafo y una libreta, un palo de bambú, una taza de agua caliente. Qué poco hace falta para ser feliz, para sentirse pleno, para saber que una está en el lugar indicado, que no hay drama, que la calma se extiende por dentro fuera de las prisas, de las obligaciones, de las demandas. Que hay tiempo para ser, para sentirse, para disfrutar de lo más sencillo.

Pero después de casi 5 horas, tras cruzar un pequeño puente que me pregunto cómo puede sostenerse, llego a un camino de tierra de la anchura de un coche y no puedo sino evitar sonreír porque ya estoy cerca, porque ya queda menos, porque pronto voy a poder descansar y volver a tener una tiendita a la que poder ir a comprar un refresco frío y una chocolatina.

De repente me doy cuenta que aunque disfuncional, la señal entra a mi teléfono y los primeros mensajes y emails empiezan a llegar. Vuelvo a sonreír porque ya empiezo a estar cerca de la civilización, ya empiezo a llegar. Una serie de notificaciones sin fin aparece en la pantalla y siento cómo me estresa y me agobia, replanteándome la sonrisa que hace solo unos segundos, acabo de esbozar.

Me entretengo mandando un par de audios mientras mis pies siguen caminando. Otro puente, dejo atrás el ancho camino y vuelvo a los senderos, donde aún me encuentro un par de Guest Houses más rodeadas de libres matas de marihuana, hasta que, un rato más tarde, por fin veo Syabru Besi a lo lejos.


Y… después de más de 5000 mil palabras… ¡hemos llegado al final! ¡Espero que te haya gustado mi crónica de 8 días de trekking en el valle de Langtang. Si quieres saber más o te estás planteando hacer el trek en tu próximo viaje a Nepal, no te pierdas el artículo con toda la info útil (ruta, permisos, presupuesto, consejos…).

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Como siempre, te espero en los comentarios para que me cuentes qué te ha parecido el post.

Un abrazo,

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¡HOLA! SOY ANDREA BERGARECHE

Desde hace más de 5 años vivo viajando y ayudando a mujeres como tú y como yo a ser más libres, fuertes e independientes.

5 comentarios en «8 días recorriendo el valle de Langtang |Crónica de un trekking en el Himalaya»

  1. Que bellísimo viaje, Andrea! Tener el mundo y sus privilégios como los estupendos viajes!!! Eso es también tener el conocimiento de las cosas diferentes y maravillosas, como ver y relacionarse con gente nueva o sentir el gusto las comidas esquisitas de otros pueblos!! Eso si, pertenecen a los atrevidos!!! Como tu, Andrea!! Besitos

    Responder
  2. Hola Andrea , me encanto leerte acompañado de la música de la película: la increible vida de walter mitty , si no la has visto te la recomiendo o escucha el soundtrack , te lo recomiendo ya que de hecho esta pelicula es sobre viajes y hay unas escenas por los imalaya .
    me gustaría contarte que soy de México y el 2018 decidí viajar por mi republica mexicana y fue un excelente viaje , pero lo mejor para mi fue las sierra de Cihuahua , en donde hay choque de cultura con la civilización y los nativos de la zona , hay montañas , bosques , manantiales , cañones , rios y casacada , y aquí puedes llegar en tren ya sea desde la ciudad de chihuahua de mi mencionado pais o desde Sinaloa , de punta a punta creo que es casi un dia de trayecto pero donde menciono este bello paraíso de montañas , cañones y cascadas es en el pueblo de creel , magico lugar de la republica mexicana , espero algun dia tengas la oportunidad de conocerlo , o puede que ya lo conozcas , veo que hablas español aunque no se tu nacionalidad , ya sea que fueras española o latina espero visites algun dia mi pais que te recibirá con los brazos abiertos .
    Un placer leerte Andrea y se que no será la ultima vez , tambien soy un especie de viajero , menos frecuente pero amo hacerlo , un abrazo y que sigas con tus éxitos.
    Te dejo mi correo por si me quieres responder , feliz dia!!!

    Julio Torres
    [email protected]

    Responder
  3. hola andrea, felicidades por tus viajes… rico caminar en la vida, haz elegido la mejor manera de vivir… sin casa que arreglar, sin tanta ropa ni muchos zapatos, la verdad mi admiración. besitos y bendiciones siempre te leo, pero no tengo la posibilidad de comprar los libros, sin embargo siempre pido a Dios que se vendan muchos de tus libros para que sigas viajando y yo documentándome con lo que escribes en las cartas.

    Responder

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